14 de octubre de 2012

Perspectivas para una generación / Théo FREY

Revista Internacional Situacionista nº 10 / MARZO DE 1966



Una sociedad loca se propone organizar su futuro generalizando el empleo de camisas de fuerza individuales y colectivas técnicamente perfeccionadas (casas, ciudades, territorios acondicionados), que nos impone como remedio de sus males. Somos invitados a aceptar, a reconocer como nuestro ese “cuerpo no orgánico” prefabricado. El Poder estudia encerrar al individuo en otro sí-mismo, radicalmente otro. Con el fin de completar este trabajo, vital en efecto para él, puede contar, además con sus siervos (urbanistas, planificadores del territorio), con los desarraigados que actualmente hacen horas extras en las llamadas ciencias humanas. En particular, los sirvientes de una “antropología” ya no especulativa, sino estructural y operativa, se ocupan activamente de producir otra “naturaleza humana” más, pero esta vez directamente utilizable, a la manera de las fichas policiales, por las distintas técnicas del condicionamiento. El resultado final inducido de esta forma (suponiendo que el alzamiento de las fuerzas de la nueva contestación que lo acompaña por todas partes dé lugar a ello) se denuncia desde ahora a sí mismo como la versión modernizada de una solución ya probada: el campo de concentración, desconcentrado en el conjunto del planeta. Las personas serán absolutamente libres, especialmente de ir y venir, de circular pero estarán completamente prisioneras de esta fútil libertad de y venir por las avenidas del poder.
El resultado final inducido de esta forma (...) se denuncia desde ahora a sí mismo como la versión modernizada de una solución ya probada: el campo de concentración, desconcentrado en el conjunto del planeta
La sociedad dominante, en ningún sitio dominada (eliminada) por nosotros, no puede dominarse a sí misma si no es dominándonos. La convergencia de las variantes actuales de ordenación del espacio materializa poco a poco esta dominación. Pueden y deben ser acondicionados, progresiva o simultáneamente, la habitación, el apartamento, la casa, el barrio, la ciudad, el territorio entero: no hay transición entre “como vivir feliz en un gran conjunto” y cómo “hacer –esta sociedad- agradable para el conjunto de los hombres”. La sociedad actual, en su deseo tan enfermiza como ingenuamente proclamado de sobrevivir, se entrega a un crecimiento que sin embargo no puede sino desarrollar vulgarmente potenciales ridículos, los únicos permitidos por la racionalidad que le es propia, la lógica de la mercancía. Es decir, la economía política, como “culminación lógica de la renuncia del hombre”, prosigue su obra devastadora. Por todas partes se enfrentan políticas y teorías espectacularmente divergentes; en ninguna se contestan los imperativos absurdos de la propia economía política ni se abolen prácticamente las categorías económicas burguesas en beneficio de la construcción libre (post-económica) de situaciones, y por tanto de la vida, sobre la base de los poderes actualmente concentrados y derrochados en las sociedades “avanzadas”. Esta colonización del futuro en nombre de un pasado que merece ser abandonado hasta perderse en la memoria supone la reducción sistemática del posible radicalmente otro (a pesar de todo presente en todas las manifestaciones de la sociedad opresiva actual), de forma que, cuando les obligamos a hacerlo, las cosas parecen insistir en avanzar “por su lado malo” mientras se les obligue a hacerlo.
La sociedad actual, en su deseo tan enfermiza como ingenuamente proclamado de sobrevivir, se entrega a un crecimiento que sin embargo no puede sino desarrollar vulgarmente potenciales ridículos, los únicos permitidos por la racionalidad que le es propia, la lógica de la mercancía
Este giro de prestidigitación mala revela ante todo su marca de fábrica: la ideología, es decir, un reflejo invertido, mutilado, del mundo real, de la Praxis, pero una ideología activa cuya práctica hace entrar en lo real lo que aparece entonces invertido, torcido, no ya sólo en la cabeza de los filósofos y otros ideólogos, sino en la realidad: el mundo invertido en lugar del bueno. Este procedimiento moderno de reducción del alejamiento entre la vida y su representación en beneficio de una representación que se vuelve contra sus presupuestos no es más que una solución ficticia, paródica, espectacular, de los problemas verdaderos que plantea la crisis revolucionaria generalizada del mundo moderno, un “simulacro” de resolución que caerá al mismo tiempo que las ilusiones de la mayoría que lo permite todavía.

El Poder vive de nuestra impotencia para vivir, mantiene escisiones y separaciones multiplicadas indefinidamente al tiempo que planifica los encuentros permitidos prácticamente a su manera. Su golpe maestro es la disolución lograda de la vida cotidiana en tanto que espacio-tiempo, individual y social, de la reconstrucción actualmente posible de nosotros mismos, e indisolublemente del mundo, a fin de controlar separada y conjuntamente el tiempo y el espacio, y reducirlos finalmente uno al otro, uno por otro. El avanzado estado de este trabajo traduce visiblemente la gravedad de una tentativa donde lo siniestro disputa con lo burlesco. Se afronta la constitución de un espacio “homogéneo”, perfectamente “integrado”, formado por la adición de bloques funcionales “homólogos”, estructurados jerárquicamente (la famosa “red jerarquizada de ciudades que inervan y coordinan una región de un gábilo dado y común a las sociedades industriales”), de forma que en el agregado así obtenido se ahoguen en el hormigón las múltiples escisiones, segregaciones y oposiciones negadas de la división del trabajo, de la separación: la oposición entre clases, entre la ciudad y el campo, entre la sociedad y el estado, clásicas desde Marx, a las cuales hay que añadir las múltiples “disparidades” interregionales, de las que la oposición entre países desarrollados actual y subdesarrollados no es más que una exageración patológica. La “astucia de la historia” es sin embargo tal que los primeros logros aparentes del acondicionamiento policial, la atenuación de la lucha de clases y el antagonismo ciudad-campo, cada vez enmascaran menos la proletarización radical y sin esperanza de la inmensa mayoría de la población, condenada a “vivir” en el horizonte uniformizado que constituye el medio “urbano” bastardo y espectacular nacido de la explosión de la ciudad, lo que añadido al antagonismo estado-sociedad reforzado, que tanto alarma a los sociólogos (“Hay que establecer nuevos canales de comunicación entre el poder y la población”, Chombart de LauWe, Le Monde, 13-7-1965), traiciona el carácter literalmente “irrazonable” del proceso de “racionalización” actualmente en curso, y le asegura todo tipo de molestias, perfectamente “irracionales” desde su punto de vista burocrático y alienado, pero no menos perfectamente fundadas desde el punto de vista de la razón dialéctica inherente a toda realidad viviente y a toda Praxis. Como advirtió Hegel sin felicitarse por ello, en el régimen de los estados modernos, el Estado deja desarrollarse la pseudolibertad del individuo, la coherencia del conjunto, y saca de este antagonismo una fuerza infinita, que resulta ser normalmente su talón de Aquiles en cuanto se establece y se refuerza una nueva coherencia, radicalmente antagónica a ese orden de cosas. Además, toda organización coherente o “lograda” debe imponerse en el conjunto del planeta a través de un urbanismo generalizado que implique la reducción de los fenómenos de subdesarrollo, potencialmente perturbadores del imposible equilibrio que se persigue. Pero, como sin darse cuenta, y con una fidelidad mortal a sí mismo, resulta que el capitalismo hace la guerra a los países subdesarrollados, en lugar de hacer la guerra al subdesarrollo reafirmado, atrapado entre exigencias contradictorias, pero para él prácticamente vitales, y arruina sus propias pretensiones de supervivencia: todas las “programaciones” tecnocrático-cibeméticas. Una dialéctica semejante garantiza un despertar brutal a los dirigentes del actual mundo prehistórico, que soñaban con ponerse definitivamente fuera de nuestro alcance enterrándonos bajo una capa de hormigón que acabará por ser su propia tumba.

El Poder vive de nuestra impotencia para vivir

El acondicionamiento, desde esta perspectiva, debe también comprenderse como agonía de la comunicación en sentido antiguo, limitado, pero real, cuyos residuos son reciclados en todas partes por el Poder en beneficio de la información. A partir de ahora, una “red universal de comunicaciones” suprime la radicalmente la distancia entre las cosas aumentando indefinidamente la distancia entre las personas. En una red semejante la información acaba por neutralizarse a sí misma, de forma que la solución del futuro va a consistir en hacer circular menos a las personas y más a la información, quedando las personas en su casa transformadas en simples “receptores” audiovisuales de información: o sea, en un intento de eternizar prácticamente las categorías económicas actuales, es decir burguesas, para crear las condiciones de un funcionamiento permanente y automático de la actual sociedad alienada, “una máquina que marcha mejor” (Le Monde,4-6-1964). El “mercado perfecto” de los economistas es imposible, debido particularmente a la distancia: una economía perfectamente racional debería concentrarse en un solo punto (Producción y Consumo instantáneos). Pero aunque el mercado no sea perfecto esto mantendrá la imperfección del propio mundo, en virtud de la cual los organizadores trabajan para hacerlo perfecto. El acondicionamiento del territorio es una empresa metafísica en busca de un espacio neofeudal. La “Gran Obra” de los planificadores es la constitución de un espacio sin sorpresas, donde el mapa lo sería todo y el territorio nada, puesto que estaría completamente escamoteado y no tendría ya consecuencias, justificando toda la “arquitectura” de estos cretinos semánticos que pretenden liberarnos de la tiranía aristotélica de “A no es No-A”, como si no se hubiese establecido desde hace siglos que “A se convierte en No-A”.
El acondicionamiento del territorio es una empresa metafísica en busca de un espacio neofeudal
Esto es tan cierto que hoy no se “consume” ya el espacio, que tiende a uniformizarse, sino el tiempo. El americano, que da la vuelta al mundo de hotel Milton en hotel Milton sin ver cambiar nunca el decorado más superficialmente, como color local reconstituido, y por tanto integrado y reducido a gadget, prefigura claramente los itinerarios de la mayoría. La conquista del “espacio”, en tanto que aventura reservada a una “élite” y repercutida espectacularmente sobre el conjunto del planeta, será la compensación organizada y previsible de ello. Pero, con el pretexto de la colonización del espacio, el Poder espera “sacar vencimientos sobre el futuro”, “aprehender el largo plazo”, el tiempo al que se trata de vaciar de su sustancia (nuestra realización en el curso de la historia) para despacharlo en rodajas perfectamente inofensivas, vaciadas de todo “futuro” no previsible, no programado por sus máquinas. Se afronta la construcción de un gigantesco dispositivo destinado a “reciclar” el tiempo lineal en beneficio de un tiempo expurgado y “encogido”, el tiempo mecánico, combinatorio y sin historia de las máquinas, que engloba el tiempo pseudocíclico cotidiano en un tiempo neocíclico generalizado, el tiempo de la aceptación pasiva y de la resignación forzosa a la permanencia del actual orden de cosas.

Hay que decirlo, “no deben organizarse la alienación y la opresión en ninguna de sus variantes, sino únicamente rechazarse en bloque con esta misma sociedad.”. La tarea de reunificar el espacio y el tiempo en una construcción libre del espacio-tiempo individual y social corresponde a la revolución que viene: la derrota de los organizadores coincidirá con una transformación decisiva de la vida cotidiana, y será ella misma esa transformación.

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