22 de julio de 2012

AUTORITARISMO EN MARX, BAKUNIN Y EL MOVIMIENTO OBRERO

El texto que sigue es una transcripción de fragmentos del libro Guy Debord, de Anselm Jappe.

Debord sitúa el origen del problema en el pensamiento de Marx mismo y en la excesiva y la excesiva confianza que depositó en los automatismos producidos por la economía, en detrimento de la práctica consciente. El autoritarismo del que dieron prueba tanto Marx como Bakunin en el seno de la I Internacional es producto de la degeneración de la teoría en ideología, fruto de una infeliz indeterminación del propio proyecto con los procedimientos de la revolución burguesa. Los anarquistas siguieron siendo en lo sucesivo, a pesar de algunas aportaciones positivas, víctimas de su ideología idealista y antihistórica de la libertad. La Socialdemocracia de la II Internacional generalizó la división entre el proletariado y su representación automatizada, lo cual la convierte en precursora del bolchevismo. La Revolución de Octubre desembocó, tras la eliminación de las minorías radicales, en el dominio de una burocracia que sustituye a la burguesía en cuanto expresión del reino de la economía mercantil. Incluso Trotski compartió el autoritarismo bolchevique; ni él ni sus seguidores reconocieron jamás en la burocracia una verdadera clase dominante, sino solamente un “estrato parasitario”.

Debord analiza agudamente cómo el dominio absoluto de la ideología y de la mentira conduce a los regímenes curocráticos a un irrealismo total que les coloca en una posición de inferioridad económica frente a las sociedade de “libre mercado”. Ni siquiera es posible reformar estos sistemas, puesto que la clase burocrática detenta los medios de producción a través de la posesión de la ideología; no puede renunciar, por tanto, a su mentira fundamental, que consiste en presentarse no como una burocracia dominante, sino como expresión del poder proletario.
(...)

Representar ilusioriamente la opción revolucionaria en el mundo fue la tarea delos países estalinistas y sus apéndices en el mundo occidental, los partidos llamados comunistas. El conflicto entre la URSS y China y las sucesivas rupturas entre las diversas fuerzas burocráticas quebrantaron, sin embargo, su monopolio de la presunta opción revolucionaria, señalando así el principio del fin de aquellos regímenes. Debord escribe que “la descomposición mundial de la alianza mistificada burocrática es, en último análisis, el factor más desfavorable para el desarrollo actual de la sociedad capitalista. La burguesía está perdiendo al adversario que la sostenía objetivamente al unificar de modo ilusorio toda negación del orden existente”. Hoy se puede constatar que la URSS no perdió este papel hasta que hubieron desaparecido casi enteramente los impulsos revolucionarios que inducían al espectáculo a organizar su canalización por las formas burocráticas. En los tiempos de la “Primavera de Praga”, en cambio, a la que la I.S. atribuía gran importancia, Occidente apoyaba efectivamente a la URSS.


Según Debord, el resultado final de esta evolución es positivo: el proletariado ha perdido “sus ilusiones, pero no su ser”. El nuevo asalto revolucionario puede librarse de los enemigos que lo han traicionado desde el interior; puede y debe cesar de “combatir la alienación bajo formas alienadas”. En los consejos obreros, de los que la I.S. habla desde 1961, la participación de todos suprimirá las especializaciones y las instancias separadas. Los consejos serán a la vez instrumento de lucha y estructura de organización de la futura sociedad liberada.

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