17 de abril de 2012

La abuela de la performance hace el ridículo en el Teatro Real


Marina Abramovich, la abuela de la performance según el crítico b-boy Hennessy Youngman, está estos dias haciendo una apología de 3 horas de duración de su biografía (Vida y Muerte de Marina Abramovich), mediante una opera (una wagneriana gesamtkunstwerk !la obra de arte total! ) puesta en escena en el Teatro Real de Madrid. 

No deja de ser significativo que el día del estreno, mientras famosos (Rossy de Palma, Manuel Borja-Villel...), políticos (como la alcaldesa Ana Botella...) y amantes de la Cultura accedian a la ópera, los trabajadores de la institución llevaran a cabo una protesta denunciando sus condiciones laborales. 

En el espectáculo se aplaudia la puesta en escena de una liturgia dirigida por una estrella del arte contemporáneo ("una artista galáctica" como Beckham y Zidane, comentaba su galerista Efraín Bernal en una entrevista por tv) en busca de su beatificación absoluta mientras la lucha de clases hacía aparición en la puerta. 

Se dice que Ulay (su excompañero sentimental y artístico) reprocha el acercamiento al teatro de Marina por meras cuestiones económicas cuando el teatro había sido el enemigo a batir por el crudo realismo de las performances de la pareja. Ahora mientras Ulay se muere de un cancer terminal, la Abramovich se eleva desde las tablas de la opera madrileña hacia el Olimpo de la alta cultura, acompañada por el actor hollywoodiense Willem Dafoe y el escenógrafo Robert Wilson, sobre el que Diego A. Manrique señalaba en su crítica: "Uno se pregunta si todo el arte de vanguardia de finales del siglo XX envejecerá tan penosamente como el de Bob Wilson. Aunque el problema del director teatral sea, paradójicamente, su triunfo, la aceptación general: sus descubrimientos han sido fagocitados por el Broadway más astuto. Si acuden a ver, ssssh, El rey león, comprobarán que algunos de sus hallazgos escenográficos, de iluminación o incluso conceptuales, ahora son moneda común en musicales para el gran público". 

Sin embargo lo más reprochable es todo este tufo a "alta cultura" que apesta la credibilidad de la artista ¿no habiamos quedado en eso de que el arte no es cultura sino que está contra la cultura?. 

La ópera del Teatro Real sin duda es un icono de la reaccionaria burguesía madrileña, la clase dominante que se refocila en estas producciones "modernas", que actualizan su expresión artística más refinada y querida, mientras sigue manejando las riendas del poder político y económico. Al tiempo que se nos hace creer que lo allí representado es la Cultura a la que debemos aspirar, la dirección del Teatro Real exige la devolución de parte del salario a los trabajadores, debido a un "error adminsitrativo". El representante de los trabajadores en el comité de empresa declaraba: "Estamos viendo cosas que no son normales. No puede ser que nos pidan un millón de euros y sigamos haciendo temporadas como si fuéramos ricos trayendo a personajes como Bob Wilson, que cobran un dineral y ha venido dos veces este año".

De este modo la protesta de los trabajadores a la puerta del Teatro Real no solo puede ser entendida como una protesta por sus derechos sino también como una protesta contra el Imperialismo Cultural que perpetua su propia opresión, en el mismo sentido en el que el artista fluxus Henry Flynt lo definía en 1964: 

!LA DOMINACIÓN DEL ARTE EUROPEO BLANCO PLUTOCRATICO TE TIENE ESCLAVIZADO! Si alguien es intelectualmente honesto no puede creer en la doctrina de la supremacía del Arte Europeo plutocrático y sus "Leyes del Arte". Son mitos arbitrarios mantenidos con la misma violencia represiva que oprime al pueblo. La dominación del arte patricio europeo, que en su origen es aristócrata y plutócrata, como podemos constatar en la etiqueta de los conciertos de ópera, nos condena a una asfixiante mentalidad cultural propia de snobs que buscan trepar por la pirámide social. Nos ata a la más parroquial mentalidad de pequeños comerciantes, tal y como es promovida por el Reader's Digest: "La música que te ennoblece al escucharla".

Georges Maciunas

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