30 de agosto de 2011

La muerte de la vida marina hunde la economía de Namibia

Dos delfines juegan cerca del desierto de Namibia.| Servaas van den Bosch
Suavemente, Jeanne Meintjes hace discurrir su kayak por la laguna de Walvis Bay, un precioso humedal de la costa namibia, entre cientos de focas que saltan y se sumergen llamando su atención.


"Este año hay unas 20.000 focas en la península", cuenta esta mujer, que poco sabe del cambio climático, pero que tiene muy claro que sin peces no hay focas.


Y los peces empiezan a escasear. En este ecosistema rico en pescado y nutrientes se están produciendo cambios que "sólo pueden explicarse por el cambio climático", dice Hasahali Hamukuaya, secretario ejecutivo de la Comisión para la Corriente de Benguela. Cambios que, según Hamukuaya, se concretan en que ya no quedan anchoas, ni sardinas grandes o pequeñas. Y eso es algo que podría volver a suceder como consecuencia del aumento de temperatura que está experimentando la corriente de Benguela.


Jeanne Meintjes ya ha visto anteriormente lo que ocurre cuando el pescado escasea: "La playa se llena de abortos de focas, y las que nacen vivas se arrastran a ciegas en un espectáculo dantesco".


En 2008, el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) anunció que 61 de los 64 grandes ecosistemas marinos del mundo se estaban calentando como resultado del cambio climático.


El de Benguela es uno de ellos. En apenas unas décadas su temperatura ha aumentado en un grado, lo que, según Hamukuaya, "ha provocado el desplazamiento de los peces con graves consecuencias socioeconómicas entre las comunidades pesqueras del sur de Angola".


Según el Fondo para la Alimentación y la Agricultura (FAO), en todo el mundo, 42 millones de personas viven de la pesca, y para 2,8 millones de personas es su principal fuente de proteínas.


En la Conferencia Mundial sobre Océanos, celebrada en mayo de 2010 en Manado, Indonesia, ministros de naciones pesqueras mostraron su preocupación por el cambio climático y los peligros "que entraña a la seguridad alimentaria, a la prosperidad económica, y al bienestar de la humanidad."


En Namibia, la industria de la pesca supone cerca del 6% del PIB, empleando a 13.000 personas, en un país con una media del 40% de desempleo. Isabel Dewee, de 48 años, trabajad como operaria en una fábrica de Walvis Bay enlatando pescado de la costa marroquí, donde los pesqueros namibios se aventuran en busca de mejores capturas. "Este trabajo estacional me permite disponer de unos ingresos extra", dice. "Trabajo de siete a siete. A veces incluso sábados y domingos". Pero eso es lo único que hay.


Trabajos en la cuerda floja


Por su parte, Malakia Haugo, de 35 años, se lamenta de que "la última vez que me enrolé en un barco fue en 2008." Como tantos otros, este pescador deambula por el puerto, con el pasaporte en el bolsillo y su libreta de embarque, a la espera de un empleo. Haugo solía ganar unos 300 dólares al mes trabajando en un pesquero, "pero ahora hago cualquier trabajo que me salga a la espera de la oportunidad de zarpar de nuevo".


"Sabemos que los vientos ya no soplan como antes y que la temperatura del mar está aumentando," dice Lucinda Fairhurst, de la asociación internacional de gobiernos locales en favor de la sostenibilidad (ICLEI). "Esto provoca tempestades en el mar que afectan los criaderos y los días en que se pueden utilizar los puertos".


La ICLEI está en Walvis Bay para ayudar a la ciudad a prepararse para el aumento de los niveles del mar. "Por lo que hemos visto, esta será una de las comunidades más afectadas de África", dice Fairhurst. "Namibia se une a las naciones en desarrollo preocupadas por la situación", dice el profesor Geoff Brunditt, director del Centro de Estudios Marinos de Ciudad del Cabo. "Los cambios en el movimiento de los peces son sólo una de estas preocupaciones inmediatas. Tenemos que conocer mejor la variabilidad del clima y su impacto en la economía local".


Durante los próximos tres años, los países bañados por la corriente de Benguela, con apoyo de científicos noruegos, analizarán miles de datos para ver cómo el cambio climático afecta a la corriente.


Mientras Jeanne Meintjes señala entusiasmada un par de delfines que se acercaron para curiosear, no podemos evitar pensar en si no estamos yendo demasiado despacio para responder a esta preocupante situación.


Originalmente ELMUNDO

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