21 de julio de 2011

El arte crítico y el círculo de la culpabilidad

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"Colectivo DEMOCRACIA", Memorial al Terrorista Suicida

Leía el otro día en Diagonal un artículo de Kiko Amat en el que despotricaba contra el paripé en que se convirtió la cultura de la Transición -aquel circo cabaretero donde Alaska, Mecano, los artistas rotondistas y otros animales culturales fueron proclamado representantes de nuestro ideal democrático y, de paso, nos olvidamos de una vez por todas de aquellos aburridos comunistas y anarquistas que murieron luchando contra Franco, qué más da, tengo los huesos desencajados y me paso el día bailando, déjate tú de la lucha de clases y la tierra para los que la trabajan. Como dice Amat, eran tiempos felices de inauguración y celebración cultural:

…la cultura oficial de la post-movida y la Cultura de la Transición, los fastos achampañados de las concejalías de cultura y las inauguraciones de otra birria informe esculpida en latón para la enésima plaza de pueblo de ayuntamiento sociata: era BASURA. Basura subvencionada, inútil, inane, sin alma ni coraje alguno, mercantilista y clientelista, que no representaba otra cosa que el afán de lucro y la celebración de la fiesta-por-la-fiesta de sus adalides.

En fin, hasta aquí todo iba muy bien, y realmente estaba disfrutando el artículo de Amat. Sobre todo cuando se centraba en el caso de Barcelona: oh, Barcelona y su política cultural biempensante à la PSC, en la que una mano da museos y la otra golpea, expropia y gentrifica los barrios populares -claro que el retorno de CiU mantiene la mano de las hostias y en la de los museos pone unas tijeras muy gordas, mire usted hasta dónde pueden llegar las flechas del arco parlamentario.

Pero, según avanzaba el artículo y la cosa derivaba hacia una reflexión más amplia sobre las relaciones entre las prácticas artísticas y la mercantilización de la cultura, me empecé a sentir un poco incómodo. Releí la cosa y algunos detalles dejaron de gustarme tanto. Vamos a echarle un vistazo al final del artículo:

Muchos otros artistas (escritores, músicos, lo que sea) seguimos firmemente convencidos de que cualquier tipo de colaboración con el mercado, las empresas privadas de ocio, las marcas de ropita y cachivaches sónico-automovilísticos, son la definitiva muerte del arte puro y útil. Asimismo, del mismo modo que unos cuantos majaras opinamos esto, otros muchos minimizan tal claudicación, considerando de forma algo estulta que no sucede nada si uno se deja comprar una pizca por las corporaciones y los empresarios, y que al fin y al cabo el fin último es vender más discos. No les hagan caso: venderse es morir, y todos ellos (y el putrefacto arte que hayan producido en su tiempo) descenderán un día u otro al más flamígero y chamuscante de los infiernos. Se lo prometo.

Un tal Inocencio dejaba caer la primera colleja en los comentarios del artículo: pero Kiko Amat, hombrededios, que tú publicas en Mondadori, que es propiedad del mismísimo Silvio Berlusconi, amo y señor de los nueve círculos infernales! Esto nos da una pista de que la cosa se puede encabronar mucho cuando nos autoproclamamos puros purísimos. Y querría contribuir al lío. Aclaro, de entrada, que no pretendo minimizar la infamia de las industrias culturales (y sus vomitivos vínculos con los negocios armamentísticos y otras lindezas) ni quiero echar un capote a los modelos imperantes de cultura & grandes eventos. Dejo caer, también, que soy el primer interesado en repensar formas artísticas críticas y políticamente efectivas. Precisamente por ese interés creo que merece la pena revisar la retórica que empleamos con estos fines -no vaya a ser que estemos contribuyendo a la enémisa repetición de más de lo mismo.

Un simple ejemplo: Amat se vale constantemente de una distinción entre “pureza artística” y “putrefacción mercantilizada/vendida al poder de turno”. Uno se pregunta (humildemente) si hemos aprendido algo de la apasionante historia del adjetivo alemán Entartete (‘degenerado’). Rápido rapídisimo: este adjetivo se popularizó en la crítica de arte vanguardista de la mano de Ernst Worringer, autor de cabecera de los muy radicales expresionistas alemanes que despreciaron toda la historia del arte precedente, y muy particularmente sus manifestaciones aburguesadas de la República de Weimar, tachándolas de eso, de Entartete Kunst, de arte degenerado. Cuál sería su sorpresa cuando Hitler subiera al poder y su política artística y cultural se basara, exactamente, en una recuperación de ese concepto. Por supuesto, el empleo del término Entartete Kunst en la cultura nacionalsocialista invertía en la práctica las propuestas vanguardistas y de hecho los expresionistas fueron sus primeras víctimas (ojo, no todos, porque algunos se encontraron más que a gusto con el nuevo régimen). Con todo, no está de más recordar que el exterminio del “arte degenerado” se hizo efectivo en nombre de un “arte auténtico y puro” y, por cierto, valiéndose en la práctica de los medios que los vanguardistas sólo se atrevieron a poner por escrito: quema de libros, ametrallar gente por las calles, ese tipo de cosas. (Sobre todo esto ha escrito mucho y bien Boris Groys al repensar la relación entre las vanguardias radicales y las dictaduras totalitarias).

Todo esto para decir que parece bastante improbable definir un concepto de “pureza artística” que no acabe en una reducción maniquea del mundo, en una peli de indios y vaqueros, de buenos que van al cielo y malos que arden en las brasas del averno. Buenos y malos haberlos haylos, pero si la única potencia de nuestro discurso consiste en describir este hecho quizá no seamos tan críticos como queremos y, sobre todo, tal vez les estemos poniendo en bandeja los términos al enemigo para que denigre nuestras prácticas: entonces los que éramos buenos nos convertimos en los malos y viceversa -menudo lío.

Por no hablar, de otro lado, de lo risible que resulta la figura del intelectual mesiánico que afirma su pureza en medio de las pecaminosas tentaciones de la sociedad del espectáculo. Supongo que por este tipo de cosas, veo en el pensamiento de Jacques Rancière (al menos cuando no habla más de la cuenta) una base muy interesante para repensar la teoría crítica y el arte político sin caer en sermones pseudoaristocráticos.

Como dice Rancière, más nos vale proponer un pensamiento crítico que salga del “círculo de la culpabilidad”: Tú eres impuro. Yo soy puro, lo cual me autoriza a declararte culpable de mercantilización y venta de alma al demonio capitalista. Muy bien ¿y luego qué? Una actitud crítica mucho más interesante podría pasar por tomar en consideración las realidades que ya se están oponiendo al modelo artístico-cultural capitalista sin que por ello tengamos que devenir redactores del manual de instrucciones del militante. Traducido al artículo de Amat, esto quiere decir que habría sido mucho más interesante si su texto profundizara en sus referencias a la contracultura de fanzines y movimientos autogestionados de Barcelona (sobre la que pasa de puntillas) en lugar de desembocar en un cenagal moralizante en torno a la pureza y la impureza de la creación artística. Además, siendo serios, ¿puede alguien explicarme qué cojones es el “arte puro”? Lo vamos a tener un poco complicado de definir y, si lo hacemos, sospecho que no nos gustará demasiado la conclusión a la que llegamos.

A veces hay que volver a la base y tomársela en serio, pero de verdad: decimoprimera tesis contra Feuerbach: menos describir y más transformar. Por ejemplo, menos describir lo malísimos que son los malos y más tomarse en serio la elaboración colectiva de alternativas críticas, que las hay y muchas. Y es que parece que Rancière tiene razón cuando sugiere que hay algo de sospechoso en los discursos radicales que viven del círculo de la culpabilidad -dibujado, curiosamente, por ellos mismos.

Tales discursos “radicales” son de hecho discursos a-críticos, discursos idiotizantes creados únicamente para demostrar la superioridad de aquellos que los pronuncian.

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