18 de diciembre de 2010

Un discurso para Sevilla

17/12/10
Quien siga dando crédito al puedo prometer y prometo de los socialistas es un suicida político o un ganapán afectado de nepotismo, famélico políticamente, trincón de maniobra o un asalariado electoral. Votar a la derecha es un ejercicio de riesgo.
Daniel Gutiérrez Marín / Redacción
Análisis






















El próximo miércoles faltarán, exactamente, cinco meses para que tenga lugar la convocatoria de elecciones municipales en nuestro país. En algunas poblaciones, éstas se esperan con más ansias que en otras; en algunas poblaciones, las elecciones no surtirán cambios notables y en muchas, los cambios serán evidentes. De entre todas ellas, Sevilla es el eterno interrogante: nadie sabe qué pasará si atendemos a la actual configuración del pleno municipal. 

Ayuntamiento sevillano
Haciendo un repaso rápido y somero a las últimas elecciones municipales en la que se supone es la capital de lo que muchos se han jactado de llamar ‘Estado Andaluz’, -que ya quisiera yo estar a la altura de otras autonomías para abanderar ese discurso-, el pleno municipal hispalense quedó configurado con quince concejales del partido socialista, otros quince para los populares y tres ediles para Izquierda Unida. Esta visión maniqueísta del gobierno de la ciudad dio como resultado lo que se ha venido a llamar en los últimos años ‘Gobierno por el Pacto Social’ en un pacto de gobierno entre los partidos de izquierda que dejaban fuera de combate al Partido Popular, a pesar de haber obtenido éste más votos en las elecciones que el partido socialista, por ejemplo. Este pacto dio el sillón de la alcaldía al candidato socialista a cambio de unas prebendas concedidas a la izquierda comunista de nuestra capital, capitaneada por el controvertido Antonio Rodrigo Torrijos, uno de los políticos más singulares que ha dado la política local en los años de democracia. Hasta aquí sería lo noticiable.
Lo noticioso. La curiosidad de tener a los electores divididos, el ‘golpe de estado’ legal en un pacto que, en no contadas ocasiones no ha ido a ningún sitio y la herencia de un nuevo interrogante: ¿qué votarán los sevillanos dentro de cinco años? No me gustaría que ganase la derecha, me crea cierta desconfianza la seguridad que mantienen en sí mismos como solución de todos los problemas. Tampoco me gustaría que ganase un PSOE convertido en los retazos de los reinos taifas que ellos mismos se han construido en la constante carrera por el liderazgo provincial, con un alcalde –Monteseirín- atrincherado entre su sillón y su vara. En esto años, Izquierda Unida no se ha erigido como la alternativa resultante de una izquierda trabajadora y modesta, dedicada al gobierno de todos sin excepciones, con autoridad pero con comprensión, con atenciones a los asuntos más delicados de todos los ciudadanos –es mi concepto de izquierda. Existen otros partidos que presentarán su candidatura a la alcaldía pero la delgadez de sus discursos y el entumecimiento de sus ideas, basadas en renovar las promesas de los grandes partidos y en rebatirlas sin aportar nada nuevo, no suponen una garantía electoral para depositar el voto en ellos. De nuevo, tres en liza.
 
¿Dónde reside el problema? En el discurso. Quien siga dando crédito al puedo prometer y prometo de los socialistas es un suicida político o un ganapán afectado de nepotismo, famélico políticamente, trincón de maniobra o un asalariado electoral. Y no son pocos, créanme. Votar a la derecha es una apuesta de riesgo. Creerán que me he vuelto loco al decir esto aquí pero desearía explayarme en este sentido: los aspectos que marcan las distancias aparentes entre los idearios de la derecha y la izquierda en nuestro país solo funciona a nivel nacional. Cuando saltamos a un nivel local este ideario se diluye. La gente de la ciudad, del pueblo, de la calle no entienden ni quieren comprender el color de quien rige la ciudad, quieren resultados y reconocerán el nombre; mucho más en los pueblos, donde los electores votan al personaje sin reparar en el partido. En Sevilla no notaríamos si gobierna la izquierda o la derecha, esto queda reservado a las grandes gestiones legislativas y de reparto de dinero que solo compete a las administraciones fuertes –nacional o autonómica-; aquí solo importa una cosa, que se gestione con conciencia, con respeto, con equidad e igualdad, con arrojo de servicio, con sacrificio de amor a la ciudad. Decía que votar a la derecha es una apuesta de riesgo porque no seré yo quien señale con mi dedo a quien vote a la derecha. Me une en empatía con aquellos que se han sentido traicionados por este socialismo camuflado que nos ha gobernado en los últimos años y que lo único que han sabido hacer son actuaciones puntuales, la mayoría de lavado de cara, dejando necesitada a la ciudad de grandes transformaciones. Pero reflexiono: ¿en qué se basa el discurso de la derecha? En el dinero. ¿Pero qué dinero gastarán con una deuda de 700 millones de euros, que acumula el consistorio? Zoido promete esto y aquello constantemente basado en la premisa de una materia esencial de la que no dispone y que nadie va a prestarle. No puede asegurarme la construcción del metro ni la culminación del proyecto de la Encarnación; pero tampoco puede asegurarme una mejora en los medios de transportes generales de la ciudad ni una solución definitiva en el centro. Zoido no puede sentarse en una mesa con un ciudadano anónimo y asegurarle que dará salida a los problemas troncales de la ciudad porque ello pasaría por desarmar la ciudad que se ha construido mal en los últimos años y crear una nueva. La derecha sevillana no asume que deben comenzar a gobernar desde lo que existe, dando una vuelta de tuerca que optimice los recursos planteados y ponerlos al servicio de la comunidad. Por último, en Izquierda Unida no tienen ni discurso. Hay que estar demasiado loco para creer que los problemas de nuestros ciudadanos se solventarán con carriles bici, presupuestos participativos o mercados de artesanía. No digo que sean malas ideas, únicamente pienso que estas opciones no plantean un discurso de gobierno para todos los electores, donde puedan sentirse reconocidos y que dé salida a la ciudad de los baches que la estancan.

Sevilla necesita un partido que canalice la fuerza imparable de su fuerte asociacionismo pero no a base de subvenciones sino de trabajo y unión. Sobre todo, esa clase de asociaciones independientes que no saben de colores políticos ni entienden de paniaguados. Si tuviera que elaborar un discurso para Sevilla comenzaría por ahí: la apertura electoral. Nuestra ciudad es demasiado compleja para ser gobernada por visiones tan obtusas o por eslóganes vacíos que, en cualquiera de los casos, siempre deja a la mitad de la población al descubierto. El partido que gobierne debe hacerlo apoyado por el asociacionismo aunque esto suponga sesgar parte de las opiniones: reconozco que es imposible atender a todos los ciudadanos y apuesto a cada uno de ellos tienen algo que aportar, pero no renuncio a que las asociaciones, más si cabe las independientes, se conviertan en el vehículo de gobierno de ciudad que comienza a trascender las barreras de lo institucional. Un asociacionismo libre, comprensivo y participativo, movimientario, activo, con ideas renovadas y lógicas, y crítico, muy crítico en cualquier ocasión es la base de un gobierno abierto donde cualquiera pueda alcanzar los escaños del pleno municipal.

Si tuviera que componer un discurso para Sevilla no olvidaría incluir la renovación de los
trabajadores municipales. Cada vez que se producen elecciones, el partido ganador larga a patadas a una serie de trabajadores municipales que son los que ocupan los llamados cargos de confianza. Me resulta visceral e insultantemente nepotista que
alcanzar el poder capitalino suponga colocar a los míos al alcance de sueldos anuales que sobrepasan los cuarenta mil euros. Nada de eso. Profesionalizaría todos los rangos municipales convocando concursos oposición a todas las plazas, a las que podrían concurrir todos los ciudadanos que cumplieran con los requisitos establecidos pero con un condicionante: esas plazas no serían vitalicias. El funcionariado estable adormila los sentidos, enajena la laboriosidad, amilana el arrojo gubernativo. Estos profesionales revisarían sus puestos en igualdad de condiciones con otros ciudadanos que también aspirasen a acceder a la gestión de la ciudad, la cosa pública más inmediata que nos afecta a todos los residentes, cuanto menos. Una profesionalización de los trabajos municipales no dependientes de ningún partido libera capacidad de conciencia, evita el adoctrinamiento y el atragantamiento partitocrático al que muchos cargos de confianza se ven sujetos durante el ejercicio de sus funciones.

Por último, y a bote pronto, si tuviera que elaborar un discurso para Sevilla revisaría todas las aristas que aún no se han limado desde la finalización de la dictadura en materia municipal que estuvieran en mi mano y que, en tristes pactos de silencio, se han ido manteniendo hasta la actualidad sin que nadie haya dicho esta boca es mía. El mantenimiento de una feria elitista que restringe el disfrute de la mayoría de los ciudadanos; el exceso de ayudas a ciertos colectivos o asociaciones tradicionalistas por encima de otras; la denigración de los barrios con respecto al centro, convirtiéndose en cenicientas que recogen las migajas de la hermana guapa; las barreras sociales que encasillan a los ciudadanos en mini-pueblos con sus respectivos identificativos; la estética rupturista de unos barrios con respecto a otros. Son algunos de esos flecos que incluso con los años se han aumentado y que ha convertido la ciudad en un puzzle de incomprensión donde cada barrio lucha por sus intereses particulares sin tener un concepto de ciudad en la cabeza, donde cada ciudadano se preocupa por los problemas que le afectan unilateralmente a él sin caer en la cuenta de que la ciudad cuenta con problemas comunes a todos los que la habitan.

El discurso que necesita Sevilla debe estar cargado de los valores más olvidados dentro de la gestión política y de los que nadie parece acordarse ya. La revisión del vocabulario se hace esencial, evitando el buenismo optimista donde algunos toman el papel de salvador y otros continúan arrojando palabras rencorosas que ya no vienen al caso y que flaco favor les hace a ellos mismos. Este es mi discurso para Sevilla, un discurso que podría valernos a todos.

1 comentario:

  1. Estoy muy de acurdo con usted. Muy bueno, sí señor.

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