15 de octubre de 2010

Editorial Octubre

De voceros, circos mediáticos y huelguistas.

Más allá de la imagen edulcorada que de la Huelga General (HG) dieron los medios de comunicación de masas, se esconde una realidad profunda de alienación y precariedad que difícilmente puede aflorar dónde imperan las voces oficiales. Para el circo mediático, la HG era una suerte de representación en la que los actores principales del Si y del No debían cumplir con un guión asignado. «Huelga Sí, pero como espectáculo y en unos cauces bien controladitos, oiga». 

La simpleza argumental de nuestras televisiones, radios y periódicos, obligaba a la explicación de la HG en 59 segundos. Los sindicatos, que representan no sólo a miles de afiliados sino al conjunto de la clase trabajadora, eran reducidos a la mínima expresión; personificados en las figuras de sus líderes. Se ofrecía la voz de éstos como la única de la clase trabajadora, y así los periodistas reaccionarios de este país podían atacar al movimiento obrero a través del demagógico uso de la vida privada de determinados sindicalistas, o del linchamiento sectario a la figura del liberado sindical. Campo abonado para que desde los púlpitos de la derecha nacionalista española y de otras identidades, se cargara contra la irresponsabilidad de la HG y hablasen de lo inoportuno de hacer una huelga “con la que está cayendo”, discursos de desmovilización para unos trabajadores de consciencias homogéneas y dóciles, portadores de alienación y de vida precaria.
Por su parte, un gobierno intervenido y dirigido por poderes económicos exógenos, se lavaba las manos, haciendo hincapié en su voluntad de diálogo con los sindicatos mientras hacía gala en foros internacionales de su inflexibilidad y de su convicción de no dar marcha atrás. 

Los sindicatos, con eslóganes sencillos y baños de masas se olvidaron, o no supieron hacer, una buena pedagogía de la huelga. Confundiendo medios y fines, se obsesionaron con la convocatoria de huelga, pero no dibujaron un programa de lucha más allá del 29S. Un programa que fuese capaz de ofrecer alternativas al mero rechazo de esta reforma laboral.
La izquierda, dividida entre un gobierno vendido a la ideología neocon que impera en Europa y una clase trabajadora desorientada y traicionada, se ha visto ampliamente superada en la batalla mediática. El mensaje gris y desmotivador del liberalismo es el que tiene más fuerza en los medios. 

El relato oficial de la derecha ha querido vender la HG como un fracaso, hablando de un seguimiento mínimo de la movilización o criminalizando a los piquetes informativos y por extensión a toda la convocatoria. Sus voceros habituales, esos tipos enchaquetados y con caras de pocos amigos que inundan la TDT a partir de las diez de la noche, hablaban de coacción del derecho al trabajo, mientras mostraban con deleite imágenes violentas captadas por paparazzis sin escrúpulos. Al tiempo que olvidaban mencionar los cientos de miles de personas que de forma pacífica salieron a la calle en ciudades como Sevilla para detener una reforma laboral que generaliza el despido barato, intensificando la división y separación entre los trabajadores, acentuando su debilidad y dando cobertura a futuras reformas mucho más erosivas.

Frente a esta visión gris y monolítica, se impone la visión plural de una ciudadanía concienciada, que además de secundar el paro, se sumó de forma multitudinaria a las manifestaciones. Una ciudadanía que pudo expresarse gracias a la HG convocada por los sindicatos mayoritarios pero que sólo se representaba a sí misma, y que era la suma de infinitas experiencias individuales de explotación por parte de un sistema laboral y económico injusto. La HG sirvió para demostrar a miles de personas que no están solas, que sus temores e ilusiones son compartidos por gran parte de la población y que es posible un movimiento colectivo para cambiar el sentido de los acontecimientos. Vivimos unos tiempos complejos dónde la élite económica pretende imponer su visión del mundo como única, caminamos hacia un mundo totalitario bajo la dictadura de los mercados libres, pero por más que le pese a algunos ideólogos del neoliberalismo, el futuro no se escribe en una sola dirección y no estamos al final de la historia.

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