18 de agosto de 2009

No se puede dibujar aquello sobre lo que uno está sentado

Era se una vez un hombre muy pequeño que encaramado al incómodo taburete que les daban a los vigilantes de sala, parecía algo así como un macaco sentado sobre un árbol de navidad.


Cada día debía permanecer sobre esa embarazosa posadera ocho horas – ese era su trabajo –. Durante todo este tiempo su preocupación fundamental era llegar a un buen entendimiento con el taburete, que podría resumirse en solucionar el problema de encontrar una postura cómoda que le hiciera más llevadero el paso del tiempo.


A las diez de la mañana, cuando el museo abría sus puertas, el hombre muy pequeño comenzaba su dura tarea. Primero fijaba su tímida y alelada mirada sobre el objeto de su agonía.


(nota del autor) Antes de continuar con el relato, el lector interesado querrá saber que el objeto en cuestión era obra del prestigiosísimo diseñador holandés Willem Van Aelst, autor de obras tan conocidas como el sofá circular Van Aelst y el retrete trípode Van Aelst. El taburete que el museo había adquirido en exclusiva y a un precio irrisorio había sido premiado en festivales de toda Europa y tenía el premio especial de la crítica de Tokio. Incluso el MOMA de New York compró el objeto para su exposición en sala (se cuenta que pago tanto por un único Van Aelst como nuestro museo por equipar todas sus sales con el artilugio, claro que el del MOMA estaba firmado).

Lo que hacía de este taburete algo excepcional, era su diseño aerodinámico, capaz de cortar las corrientes de viento a su paso y eliminar de este modo toda vibración que pudiera repercutir en el bienestar de los vigilantes de sala. El artilugio era una evolución de su retrete trípode (algunos afirman incluso que se le ocurrió su diseño mientras probaba físicamente su retrete), contaba con una base en forma de media luna de plástico reciclado y respetuoso con el medio ambiente; de la base surgía un elegantísima columna que formaba un ángulo de 32º con la horizontal del suelo realizada en aluminio canadiense que en su parte superior conectaba con la plataforma que servía de posadera: un óvalo de treinta 30 cm. x 18.54 cm. una forma perfecta realizada en resinas fenólicas y que como el Partenón poseía unas proporciones áureas – un homenaje a la cultura grecorromana que demuestra los profundos conocimientos sobre la Historia del Arte de Willem Van Aelst –.

Para compensar las tensiones estructurales, el artilugio disponía además de un pie triangular compuesto de tres cilindros de aleación unidos mediante soldadura con rayos de electrones, de este modo el taburete podía soportar hasta 200 kg. de peso y una fuerza de mil Newtons. Cómo se podrá observar sin que nadie lo ponga en duda este prodigio de la ingeniería es la más grande obra maestra del diseño del siglo XXI.


(Volvamos a nuestro amigo el hombre pequeño) ¿Dónde andábamos? Así a las diez de la mañana. A las diez de la mañana, cuando el museo abría sus puertas, el hombre muy pequeño comenzaba su dura tarea. Primero fijaba su tímida y alelada mirada sobre el objeto de su agonía. El taburete estaba plegado apoyado a la pared para que cada trabajador lo graduara a su justa medida. Así pues tras una breve observación nuestro amigo se acercaba temeroso hasta su herramienta de trabajo. Primero debía apoyar firmemente la base en forma de media luna de plástico reciclado contra la pared, luego se desplegaba el pie triangular de aleación hasta formar un ángulo de 41º 23’ con la columna de aluminio canadiense, tras esta sencilla operación (que duraba unos treinta minutos), solo había que graduar la altura del óvalo áureo que acogería su trasero durante varias horas y disponerse a usarlo.


El ingenio de Van Aelst era tal que su asiento estaba pensado para que el trabajador pudiera permanecer sentado y estar de pie al mismo tiempo, me explico. En realidad la genialidad estaba en que el taburete Van Aelst no servía para sentarse, la idea era que el vigilante de sala pudiera estar apoyado (no sentado) sobre el taburete, posición desde la cual podía concentrarse más profundamente en su trascendental tarea de vigilar la sala, desde esta posición podía rápidamente atender a los requerimientos de los visitantes mucho más rápido que si estuviera sentado (concretamente tres décimas de segundo de diferencia).


Pero el hombre muy pequeño no llegaba a entenderse con Van Aelts, durante muchos días tuvo miedo del taburete, por lo cual pasaba toda su jornada de pie, recorriendo una y otra vez las salas con pequeños pasitos en el sentido contrario a las agujas del reloj. Ocurrió que pasado unos días le dolían terriblemente las piernas por lo que se decidió a acercarse al temido asiento. ¿He dicho ya que el hombre muy pequeño estaba terriblemente asustado?


Así pues cada día tras regular debidamente (como podía) el artilugio holandés, apoyada lentamente su trasero sobre el óvalo superior, posteriormente y con gran esfuerzo retrasaba su culo, dejando unos centímetros de glúteo fuera del asiento (había llegado a la conclusión de que era mejor así). En esta posición podía levantar sus enclenques piernas, abrir las ingles y girar las rodillas, de tal modo que haciendo una V con sus muslos y retrayendo un poquito más el trasero podía elevar los pies hasta apoyar sus deslustrados zapatos en el pie de aleación.


En realidad, a través de este procedimiento violaba absolutamente la idea originaria del genial diseñador holandés, pues el hombre muy pequeño ¡se estaba sentando! De manera poco ortodoxa si, pero sentándose al fin y al cabo. No es que nuestro amigo el hombre muy pequeño tuviera nada en contra de Van Aelst, de hecho había oído hablar a sus superiores Alfa 1 y Tango 0 hablar maravillas de él, incluso había sacado una excelente nota en el curso que se les ofreció sobre posturología y como usar un Van Aelst (curso impartido fuera de las horas de servicio y no remunerado, cumpliendo los preceptos de las nuevas y modernas ordenanzas).


Al principio, cuando poco a poco se atrevió a usar el artilugio, intentó sentarse tal y como indicaba el manual, pero de este modo solo logró transformar el dolor de pies de las largas horas caminando en sentido contrario al de las agujas del reloj, por dolor de rodillas. El dolor de las rodillas era tal, que durante una semana fue incapaz de doblarlas, tiempo durante el se desplazaba en cuclillas y el hombre muy pequeño, era presentado como muy muy pequeño. Gracias a una pomada de la casa Bayer logró devolver la flexibilidad a la articulación dañada, pero desde entonces decidió usar el Van Aels de forma diferente, y es aquí cuando decidió encaramarse como un macaco.


Cuando el hombre muy pequeño estaba ya sentado y seguro de no caer al suelo, lo siguiente que debía hacer era estirar la espalda, a fin de que ninguna vértebra quedara aplastada por causa de la singular postura; luego debía inclinarse sobre si mismo hasta que sus puntiagudos codos reposasen sobre el interior de sus nalgas (hecho por el cual le había salido una erupción en la zona debiendo recurrir a una nueva pomada de la casa Bayer). Llegado a este punto (habrá pasado casi una hora desde que el museo abriese sus puertas) la operación estaba prácticamente concluida, solo restaba apoyar su pesada y redonda cabeza sobre las palmas de sus manos. De este modo, logrando una gargólea postura podía cumplir con su función como vigilante de sala: pasar horas enteras mirando a las musarañas y rellenar libretitas de bolsillo con absurdas historias de confusos argumentos.


Una de las actividades que para pasar las duras horas de trabajo realizaba nuestro amigo como costumbre era la de realizar dibujos. Por el tiempo en que había conseguido aprender a encaramarse al Van Aelts, había leído un libro de autoayuda “Como superar las fobias a través de la expresión artística”, obra del visionario psiquiatra turco Serap Dazzan. El Dr. Dazzan afirma en este extraordinario best seller, que se puede superar el objeto que nos angustia dibujándolo.

El hombre muy pequeño estaba entusiasmado con esta idea, se decía que dibujaría una y otra vez el taburete hasta que quedara perfecto, estaba seguro de que de ese modo lo tendría controlado, le perdería el miedo y podría afrontar felizmente sus tediosas jornadas de trabajo.


Con ese empeño nuestro amigo había comprado un cuaderno precioso para dibujar, un Moleskine de tapa de piel y folios de cien gramos, que por veinticinco euros (solo la mitad de lo que gana en una jornada de trabajo) había logrado conseguir en una elegante librería del centro de la capital, donde por veinticinco euros también, había comprado una exquisita pluma de metal con su nombre grabado en caracteres carolingios.


Equipado de esta manera se presentó el día siguiente en su trabajo, consiguió en tiempo record encaramarse a su asiento (45 minutos, ¡el Dr. Dazzan comenzaba a dar sus frutos!) y se dispuso a dibujar.


Pronto descubrió que era difícil la tarea, para empezar desde su posición no podía contemplar el taburete. Decidió mirar a su alrededor pero no tenía ningún taburete a la vista, las nuevas políticas del museo había organizado a los vigilante de sala de la manera más eficiente posible, siendo así que no existía contacto visual entre ellos. Pensó por un momento bajar del taburete y pintarlo desde un extremo de la sala que custodiaba. Así lo hizo con tan mala suerte que las patas de aleación cedieron precipitando hacia el vacío a nuestro hombre pequeño.


El Van Aelst quedó abierto y tumbado, mientras nuestro amigo fue a dar contra una de las paredes, justo debajo de un elegante bodegón del XVII. El impacto fue grande, pues el diseño del taburete actuaba a modo de catapulta en caso de caída, lo que provocó que el marco del bodegón cediera precipitando el lienzo sobre la cabeza del hombre muy pequeño. Éste abrió en la barroca tela un orificio de 30 cm. por 18.54 una perfecta proporción áurea como el asiento del taburete Van Aelst.


Pero su perfección aritmética no fue excusa para que sus superiores Alfa 1 y Tango 0, relevaran del servicio a nuestro amigo, de tal forma que no se le permitió la entrada ni a este ni a ningún museo de por vida. Siendo así que se le catalogó como enemigo del arte y de las buenas costumbres. Hubo incluso un juicio, en el cual la singular manera de sentarse fue catalogada como sicótico y paranoide, para lo cual se le encargó a un grupo de expertos el diagnóstico, algunos de ellos gente muy culta y leída, uno incluso discípulo del propio Dr., Dazzan.


Tras el castigo el hombre muy pequeño volvió a su casa, con una lección nueva aprendida: No se puede dibujar aquello sobre lo que uno está sentado.

5 comentarios:

  1. Me ha gustado sobre todo la nota del autor. Muy buena la compleja relación entre la misericordia y la moderna empresa explotadora; entre el van Aelst diseñador y el bodegón del XVII; ... Interesante.

    Saludos.

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  2. hola, carlos

    hasta hoy he visto un comentario que hiciste a una entrada acerca de carmilla en mi blog...

    te agradezco mucho.. y permíteme agregarte a mis ligas de interés..quien haya leído carmilla es considerado un hermano.. jejeje

    por cierto, ella, carmilla, no has escuchado recientemente que un carruaje se aproxima por tu ventana?

    besos desde méxico, car!

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  3. Carlos!
    Qué delicioso escuchar por radio lo de Carmilla!
    Me alegra que hayas ido al texto, es maravilloso, de esas cosas que no puedes soltar.
    Un abrazo.
    Por cierto, es curioso que esa amiga y yo seamos parecidas. El tema de los dobles me intriga..

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  4. Si, lo mismo tienes una doble en España, a miles de km, de distancia. En fin, la verdad es que en esa foto que pones si que tienes un aire a esta chica.

    Una curiosidad.

    A Limimia: Me alegro de que te gustara el relato, pronto subiré otro. Un abrazo.

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  5. Anónimo7/9/09 15:15

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