28 de octubre de 2008

Travesía de una noche



Ahora que se acerca Halloween os dejo un relato de mi tierna adolescencia, fue escrito a los 16 años cuando yo estaba en 1º de bachillerato y lo escribí, bueno, pues para lo que se escriben a esa edad estas cosas, para gustarle a una chica. No me preguntéis si tuve éxito...

En fin espero que lo disfrutéis.


Inspirado por unos ojos verdes. Si, por esa razón voy a comenzar a escribir si la pluma no me falla. Esta será mi historia, la historia de una noche, noche de miedos y espantos; Noche de Difuntos.


¡Que me guíen los espíritus perdidos! ¡Que me acechen durante estas negras horas! ¡Que al paso del reloj le siga su letra en sangre! Inspirada en esos ojos verdes, verdes de amor, de pasión, de odio, de terror, sus ojos verdes.


Esta es la historia de cuatro chicos, gente vulgar, unos don nadie cansados de la vida sin más amigos que ellos mismos, si es que realmente entre ellos existía amistad... Es cierto que estaban muy unidos pero solo por un secreto, una historia que ninguno se atrevía a contar, que ninguno mencionaba, pero que todos sabían.


Esa noche como cualquier otra de sábado marcharon a la vieja casa que uno de ellos tenía a las afueras de la ciudad, una pequeña y solitaria casita medio derruida de tan solo tres habitaciones. Como acostumbraban se pararon en la gasolinera para comprar bebidas, Güisqui, Ron, Ginebra... Y sin ni siquiera decir adiós se marcharon seguidos de oscuros nubarrones.


Antes de llegar a la casa se pararon en el pequeño puente de hierro ya oxidado por el tiempo que separada la selva de asfalto del descampado en el que se encontraba su objetivo. A uno de ellos se le oyó decir aquí empezó. Lo dijo en un tono lúgubre y mortecino, tan grave que parecía provenir del mismísimo infierno. Nadie contestó, sabían perfectamente a que se refería...


Hace años, cuando aún eran alegres y su sangre corría roja por unas venas sedientas de vida solían ir a ese puente con ella, la chica que los había enamorado y que poco a poco los fue volviendo locos. Pero eso ya pasó, la tierra cubrió su cuerpo. Ella calló del puente nadie la empujó, fue un accidente, así lo dijo la policía y así había de quedar.


Sin pronunciar una sola palabra cruzaron la sombría pasarela que separaba la realidad de la ciudad, de las pesadillas y neurosis de su desolado destino, no sin antes girar la cabeza nerviosamente atraídos por un extraño ruido. Esa canción lejana que les recibía cada noche cuando se alejaban de la ciudad, una musiquilla venida de bajo las piedras, que corría junto al agua y se extendía entre los árboles, como un eco que retumbaba con fuerza en sus cabezas y no se acallaba jamás. ¿Era ella?, no, no podía ser ¡ella estaba muerta! No volvería jamás, nunca más sus verdes y hermosos ojos devolverían a los suyos tristes una mirada amiga.


Habrán sido los cuervos, malditos animales, que el infierno los devore a todos. Se decían unos a otros, intentando disimular el pavor y la atracción que ese sonido despertaba en sus torturadas almas.


Momentos más tarde entraron en la vieja casa y para alejar las sombras que los rodeaban comenzaron a beber. A los pocos instantes de que el oscuro licor corriera por sus venas comenzaron a charlar. Sus semblantes tristes y aquejados por el dolor del pasado dejaron paso a unas enrojecidas y felices caras embriagadas de tierras remotas y fantásticas, donde se imaginaban felices y la brisa del mar les golpearía la cara mientras ella bailaba por siempre entre las olas. Pronto los grises nubarrones se alejaron dejando paso a un arco iris de música, carcajadas, licor y locura.


Trago a trago, aquellos chicos grises se transformaron por un instante en los agradables amigos que antaño fueron y comenzaron a bailar y olvidar el pasado, ilusionados por la quimera del alcohol.


La noche corría rápida y entre palabras, gestos y bromas se adentraban en la madrugada. En aquel momento, como nube negra en un cielo de verano, como cazador furtivo que acecha a su desprevenida presa, como una flecha en la carne apareció ella en sus pensamientos.


Al principio no era más que un vago recuerdo y no se percataron de su presencia, pero a medida que el alcohol iba dejando paso a la sangre, fue tomando forma y consistencia. Entonces, en la mente de todos aparecieron unos ojos, ojos verdes profundos y hermosos, unos ojos ya olvidados, que aparecían nuevos. Pero esta vez junto a su belleza y atracción del pasado había algo que no pertenecía al ayer, una maldad y un terror que nunca habían visto y que procedía sin duda del averno.


De repente las risas se cortaron y una fría ráfaga de viento abrió de un golpe las ventanas, apagando el pequeño fuego que tenían en la chimenea junto a la artificial sensación de felicidad y de vigor que les había inoculado el alcohol.


Cada uno de ellos pudo ver entonces claramente lo que estaba ocurriendo. Pero no fueron capaces de decir nada y permanecieron callados mientras una fantasmagórica presencia iba lentamente invadiendo el lugar.

Instantes después todo había parecido una horrible pesadilla, hasta que de repente una mano golpeó fríamente la puerta sacándolos momentáneamente del estado de shock. Un gélido pavor les recorrió las entrañas y se miraron unos a otros intentando elegir al desafortunado que iría a abrir la puerta. De nuevo los golpes y a cada golpe la habitación se les hundía, mientras sus cabezas enloquecían recordaban horrorizadas viejos fantasmas.


Finalmente uno, el más necio o el más valiente se levantó, miró por la ventana y ahí encontró esa sombra oscura que tanto hubiera deseado no ver. Se giró hacia él y golpeó la ventana, en un horrible tintineo que arrastró a nuestros desafortunados amigos a un estado próximo a la locura.


Entonces una voz dulce y tenebrosa comenzó a llamarlos, palabras de bruja que los sumía poco a poco en un mundo de pesadillas y miedos, anulando por completo su voluntad. Uno de ellos que aún se encontraba levantado, hizo acopio de todo su valor y preguntó al espectro ¿quién eres?, pero su voz sonó cortada apenas un suspiro, que no consiguió despegarse de la garganta. No obtuvo por respuestas más que unas crueles carcajadas, cayendo inmediatamente después al suelo como muerto.


Ya nada podían hacer, con su voluntad vencida y si fuerzas se sabían atrapados. Su instinto los llevó a encogerse y arrastrase como una maraña de gusanos suplicando clemencia a aquella horrible criatura que no dejaba de atormentarles.


Pero sus súplicas solo fueron contestadas con horribles chillidos que los acusaban: ¡Asesinos!, ¡asesinos!, ¡asesinos...! Cerraron fuertemente sus ojos enrojecidos por el llanto e intentaron en vano no oír los pasos que se acercaban. El corazón de los chicos se detenía paulatinamente, con cada nuevo paso y sus ojos cedieron sumiéndolos en la más profunda oscuridad.


A la mañana siguiente, quienes entraron en la casa solo encontraron unos cuerpos retorcidos y helados, que sin vida yacían junto a la fotografía de una hermosa chica.


Charly García (tiempos pasados)

2 comentarios:

  1. Que tenebrosa historia, espero que no fuera basada en hechos reales. Por cierto, hablando de noches terroríficas, te invito a que hagas poesía de la "visita al cementerio" ocurrida un viernes frío de invierno. A ver que te sale...

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  2. Ok, acepto el reto. Veremos que mala poesía sale de todo esto.

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