21 de octubre de 2013

En México, a 11 años del “Caso Tlaxcala”, no llega la justicia

En 2002 cinco personas fueron arrestadas y acusadas de secuestrar en Tlaxcala a Irma Pérez y Rafael Luna (ambos hijos de empresarios). Jorge Hernández Mora, Mario Ricardo Antonio Almanza Cerriteño, Sergio Rodríguez Rosas, José María Cirilo Ramos Tenorio y Oswaldo Francisco Rodríguez Salvatierra, fueron detenidos el 13 de agosto de 2002 por la mañana en el municipio de Ecatepec, Estado de México, a unos kilómetros de la capital. 


 La detención fue realizada por agentes de la Procuraduría General de Justicia del Estado de Tlaxcala (PGJE), en colaboración con la Procuraduría General de la República (PGR). La PGJE solicitó la colaboración de la PGR para realizar las detenciones, mediante el oficio número 697/2002 (en vigor desde el 27 de julio de 2002) vigente hasta 15 días naturales a partir de su expedición; sin embargo, las órdenes -de presentación y no de aprehensión- se ejecutaron el 13 de agosto de 2002, fuera del término legal que acabó el 10 de agosto de ese mismo año.
 

Por aquellos años, Tlaxcala sufría una oleada de secuestros. De 1999 a 2001, según datos de la PGJE de Tlaxcala, se cometieron 12 secuestros, todos ellos, vinculados con familiares de empresarios en esa entidad. En octubre de 2001, familiares de víctimas de secuestro en ese estado denunciaron públicamente la existencia de complicidad entre delincuentes que se dedican a ese ilícito y autoridades policiacas y judiciales de ese estado, y se responsabilizó a Eduardo Medel Quiroz, en ese momento, procurador de Justicia de esa entidad.
 

El 13 de agosto de este 2013, los cinco culpables por el secuestro de Irma y Rafael cumplieron 11 años en prisión. Sin embargo, desde el momento de la detención y hasta fechas recientes, se han presentado innumerables actos que cuestionan su detención y encarcelamiento. En su expediente constan más de 400 pruebas en su favor, que una a una, según sus familiares, sería suficiente para demostrar su inocencia.
 

Jorge Hernández Mora es un buen hijo
 

Jorge estudiaba el bachillerato cuando lo detuvieron. Rosa Mora es su madre. Recuerda que en ese entonces su esposo se enfermó “y él (Jorge) comenzó a trabajar. Mi esposo falleció el 7 de febrero de 2001 y mi hijo estaba por regresar a la escuela y trabajaba. Jorge cuidaba a su hermano menor (Alejandro) y lo llevaba a la escuela y esas cosas”.
 

“Fue martes el 13 de agosto de 2002. Yo salí a trabajar a las ocho de la mañana. Como a eso de las 11 me habló Alejandro, que en ese momento tenía 10 años y me dijo: ‘mami, se llevaron a mi hermano, pero mi hermana va con él’. A Jorge se lo llevaron como a las 10 de la mañana”.
 

Rosa cuenta que Jorge estaba por las mañanas en su casa. “Yo les ponía a cada uno de mis hijos tareas para que me ayudaran. Ese día le tocó comprar unas cosas al mercado, y cuando regresó encontró un carro afuera de la casa. Del auto bajó un sujeto y preguntó si él era Jorge, él contestó que sí, pero en ese momento se espantó porque pensó que lo querían secuestrar. Le tiraron todo lo que traía. Jorge comenzó a gritar a los vecinos, no sabía lo que estaba pasando; algunos de ellos salieron mientras los comandantes lo subían al carro, comenzó un forcejeo para subirlo. Segundos después vecinos tocaron la puerta buscando a mi hija Marisol y le dijeron que se llevaban a su hermano, le dijeron que se lo llevarían a una comparecencia y que no tardaría”.
 

“Mi hija salió y al ver que se lo llevaban pidió ir con ellos (en ese momento, Marisol estaba con su novio Ricardo Almanza). Ricardo preguntó a un agente si podía acompañar tanto a Jorge como a su novia Marisol y se fueron en otro carro”.
 

Al saber lo que había sucedido, Rosa pensó que sería algo que no les quitaría mucho el tiempo, “pensé encontrarlos cuando regresara del trabajo”. La madre de Jorge recuerda que cuando llegó a casa por la tarde, se encontraba el papá de Ricardo, Antonio Almanza, y le pidió que fueran juntos a buscarlos, pues estaban en Tlaxcala. “Llegamos allá como a las tres de la mañana, sin embargo, allá no los pudimos ver y nos dijeron que los traerían a la UEDO (Unidad Especializada en Delincuencia Organizada). En ese momento no entendíamos que estaba pasando y ahí comenzó todo este calvario.
 

La UEDO desapareció en 2003, “como parte de un proceso de restructuración” que implicaba la creación de una “subprocuraduría especializada contra el hampa organizada”, según Rafael Macedo de la Concha, en aquel momento, titular de la PGR.
 

“Poco después nos enteramos que los acusaban de secuestro de Rafael e Irma, personas que evidentemente no conocíamos”. Rosa señala que ni Jorge ni nadie de su familia jamás habían ido a Tlaxcala.
 

Cuando llegaron a Tlaxcala comenzaron a torturar a Jorge. “Antes de entrar a la Procuraduría bajaron a mi hija y le dijeron que entrara por la puerta principal. A mi hijo y a Ricardo los metieron al estacionamiento. A Jorge lo envolvieron como momia, lo metieron a la cisterna, le aplicaron el tehuacanazo, golpes en los pies, toques eléctricos en los genitales, le aplastaron su cabeza con la tapa de la cisterna y le dejaron una cicatriz”. La madre de Jorge dice que lo que más le duele fue cómo torturaron a su hijo, “es lo que más duele como mamá, y además inocentes”.
 

“Como mamá de Jorge Hernández Mora ha sido terrible, porque estábamos en el duelo del fallecimiento de mi esposo cuando pasó esto, nunca lo imaginé. Es terrible porque Jorge es un buen hijo y en ese entonces era un niño bueno. Era muy responsable porque sabía que yo tenía que trabajar y mantener a la familia”
 

Rosa Mora relata que esto los ha desgastado “como no tienen idea”. Rememora que en estos 11 años, han habido familiares enfermos y muertos. “No hay manera de explicar esto que estamos viviendo. Hemos y seguimos tocando puertas, porque es una injusticia lo que ha sucedido, pedimos ayuda para ellos”.
 

Nadie sabe de dónde vino o por qué, algo que también indigna a Rosa es que la juventud, “lo mejor de su vida”, lo están pasando en la cárcel “y no es justo, porque somos inocentes, somos gente sencilla que trabajamos todos los días para salir adelante”.

Jorge tiene 31 años hoy en día. La empresa donde Rosa trabajaba se vendió, “y me quedé sin trabajo”. Con el tiempo que le dedica a buscar la justicia para su hijo, sólo labora dos veces por semana, “sino no avanzamos nada”. Hace un año que Rosa no ve a Jorge “porque es muy caro ir a Guasave, Sinaloa. No es fácil ir a verlos”. Además de lo que implica el gasto del pasaje y lo que necesite allá, “me dice Jorge que no vale la pena, pues sólo nos veríamos 20 minutos y no podríamos abrazarnos, pues habría una placa de acrílico entre nosotros. Me dice que mejor siga luchando desde acá”.


Ricardo Almanza Cerriteño: no es por culpable, es por consigna

 

“Mi hijo trabajaba y estudiaba. Era animador en centros comerciales. Nunca tuvo vicios, era muy tranquilo y era un buen hijo”.
 

“Ricardo se encontraba en casa de Marisol, su novia, hermana de Jorge”, dice Antonio Almanza, padre de Ricardo. “Ese día, Ricardo y Marisol iban a realizar un depósito para unos exámenes que debían hacer en la escuela. Como a eso de las 10 de la mañana, vecinos le tocaron a Marisol para avisarle que unas personas se estaban llevando a su hermano. Salió Marisol y atrás de ella mi hijo Ricardo”.
 

“Mi hijo, al ver que Marisol acompañaría a Jorge, le preguntó a un policía si no habría inconveniente en que él acompañara a su novia. El policía le preguntó que quién era él, mi hijo respondió que era novio de Marisol y que su nombre era Ricardo Almanza. Le preguntaron sobre Alejandro, hermano menor de Jorge, y que en ese entonces tenía 10 años. Le dijeron que si quería acompañar que se subiera al carro. Marisol y Jorge se fueron en un auto y mi hijo en otro”. Antonio cuenta que Marisol supo a dónde iban cuando vio que en los letreros decían Tlaxcala.
 

Antonio platica que en las cinco órdenes de presentación, figuraba el nombre de Alejandro Hernández Mora, y no de Ricardo, su hijo. Cuando las autoridades detuvieron a Jorge preguntaron por Alejandro, al percatarse que era sólo un niño, los policías ministeriales de Tlaxcala “desconcertados” sólo se llevaron a Jorge.
 

Almanza dice que al llegar a la Procuraduría de Tlaxcala bajaron a Marisol, y a Jorge y Ricardo los separaron. “Mi hijo dice que lo metieron a un salón donde había mucha gente, entre ellos periodistas y policías. El comandante le dijo que ahí esperara”.
 

Ricardo le dijo a su padre que hubo gente que incluso lo saludó de mano pensando que era parte del grupo de personas en ese salón, “y hasta torta y refresco le dieron”. A las dos horas, el mismo comandante, al cual le pidió que si podía acompañar a Marisol, le preguntó su nombre, Ricardo le contestó y le dio su credencial de elector, y el comandante le dijo que esperara un poco. “A los 15 minutos regresó el comandante con mucha agresividad y le dijo: ‘por pendejo entras en lugar de Alejandro’, y se lo llevaron a torturar”.
 

El señor Almanza indica que minutos después lo sacaron de la celda, “lo llevaron a otro espacio y ahí encontró a Jorge y a otras personas (Sergio, Oswaldo y Pepe). Poco después los sacaron para señalarlos en una conferencia de prensa.
 

Antonio trabajaba en la Cervecería Modelo, tenía 20 años ahí. Ese día se encontraba en su ruta cuando su esposa le habló por teléfono para que llegara rápido a la casa, “porque había un problema con Ricardo. Me comuniqué con la mamá de Jorge y nos fuimos a Tlaxcala. Al pedir información sólo nos dijeron que Ricardo y Jorge estaban ahí, pero que no nos podían dar más informes. Al final nos dijeron que a las cinco de la mañana saldrían para el Distrito Federal, a la UEDO.”
 

Desde que los detuvieron y hasta que llegaron al otro día a la Unidad Especializada, no les tomaron declaración, a pesar de ya ser presentados en conferencia de prensa. A los tres días fueron llevados al Reclusorio Sur.
 

“Es inexplicable, no entendemos por qué, o quién lo organizó, pues ni ellos ni nosotros conocíamos allá, nadie tenía algún vínculo en Tlaxcala, nadie tenía antecedentes penales o consumía alguna droga, ni tienen amigos que sean delincuentes”.
 

Durante algún tiempo, Antonio se dedicó a buscar pruebas. “A los dos años de este hecho, yo había platicado del caso con algunos compañeros en la cervecería. Pedía permiso para asistir a alguna junta o alguna diligencia en el proceso. Un día, sutilmente, me dijeron que por qué no mejor renunciaba. Yo pienso que me estaban despidiendo porque yo era papá de un secuestrador. Cuando salí de la Cervecería Modelo compré unos taxis para sobrevivir, sin embargo, los gastos en este proceso han sido excesivos y perdí todo ese patrimonio”.
 

“En esos dos años, mi esposa era muy tranquila, no expresaba todo su dolor, igualmente a los dos años se le detectó cáncer de mama, duró cinco años enferma, pero salió adelante gracias al tratamiento. Sin embargo, hace tres años se llevaron a mi hijo a Perote y de ahí a Guasave, Sinaloa. Durante estos tres años mi esposa no lo pudo ver. La recuperación que había logrado de la enfermedad, decayó. Se le veía muy triste; en las noches la escuchaba llorar en silencio, quería ver a su hijo, no sabía cómo estaba. Meses después regresó el cáncer pero mucho más agresivo, el cual ya no soportó, y por más lucha que le hicieron, no logró superarla y falleció el 24 de septiembre de 2012.”
 

“Yo no le quise decir a mi hijo, y más bien lo preparé para la noticia. Paso a paso le fui diciendo que ya no había esperanza. Cuando le di la noticia escuché cómo se le quebró la voz. Creo que este hecho fue lo más duro que ha vivido dentro de toda esta injusticia. Mi hijo tiene ya 36 años y son casi dos años que no lo he visto. Mi hijo me dice que mejor no vaya, pues no tengo dinero, y ni siquiera podremos abrazarnos. Perdí mi casa, mi empleo, ahora rento y no tengo trabajo”.


José María Ramos, nuestro pilar
 

Martha Ramos Tenorio es hermana de José María Ramos, “quien es una persona honorable, respetuosa y responsable. Él trabajaba en la Comisión del Agua y de ahí salía al campo. Él manejaba una camioneta”.
 

José María, Pepe, era un ser ejemplar para sus hijos, sobrinos y esposa, dice Martha, y agrega que era noble, sencillo y muy trabajador desde pequeño.
 

“Yo me encontraba en casa con mi madre cuando me llegó la noticia de que mi hermano no aparecía. Mi hermano trabajaba de noche en un taxi y había sufrido algunos asaltos, y pensamos que le había pasado algo relacionado con el taxi. En ese momento se avisó a la familia y comenzamos a buscarlo, al poco rato nos avisaron que estaba en Tlaxcala pero que lo iban a traer a la UEDO.”
 

“Mi hermano Pepe fue detenido en la salida de su trabajo en la Comisión. Se le cerraron un par de camionetas, lo bajaron, lo pusieron boca abajo, y a base de forcejeo y groserías no lo dejaron reincorporarse. Al llegar a Tlaxcala es estúpidamente torturado.”
 

“En un primer momento creímos que lo habían secuestrado, y después nos enteramos que estaban en Tlaxcala. Fue algo inexplicable. Por desgracia estamos tapando delitos que otras personas hicieron”.
 

Martha adora a su hermano, y dice que desde que se lo arrebataron ya no hay fiestas, ya no hay navidades, ni hay celebraciones. “Me da impotencia ir a verlo y no poder salir con él, tener que dejarlo encerrado. Lo peor que le puede suceder a un ser humano, es que tu propio hermano este ahí y no puedas hacer nada.”
 

“Ahorita mi hermano tiene 64 años y tengo la dicha de verlo tres veces por semana”. José se encuentra en el Diamante, módulo de máxima seguridad en el penal de Santa Martha Acatitla. “Nos robaron a mi hermano, nos tienen presos. Nos quitaron a nuestro pilar”.
 

Sentimos que estamos luchando contra un monstruo que se llama gobierno, porque lejos de ayudarnos, nos hunde y nos hunde”, concluye Martha.
 

Sergio y Oswaldo Rodríguez, padre e hijo inculpados
 

Mercedes Rodríguez es hermana de Sergio Rodríguez y tía de Oswaldo Rodríguez. “Sergio trabajaba en el Departamento del Distrito Federal en el área de desazolve. Tenía trabajando ahí 18 años cuando lo detuvieron. Antes de su detención estaba formando su familia. Tiene tres hijos, Oswaldo, Hugo y Samanta”.
 

Su hermana señala que Sergio es buen hermano, buen padre, buen esposo, con sus virtudes y sus defectos. “Oswaldo, hijo de Sergio y sobrino mío trabajaba y estudiaba cuando lo detuvieron. Era un chico responsable y tenía fuertes valores”.
 

Oswaldo estaba en los andenes del metro Tecnológico (hoy Metro Ecatepec) alrededor de las ocho de la mañana con su novia e iban a trabajar. Abajo del reloj, mientras esperaban el metro, se les acercaron dos judiciales y le preguntaron si él era Oswaldo Francisco, cuando respondió que sí, le dijeron que lo llevarían a la Procuraduría de Tlaxcala. Oswaldo preguntó la razón para llevárselo y sólo le respondieron que allá le dirían, e incluso le comentaron: ‘para que veas que no hay problema, que te acompañe tu novia’”.
 

En ese momento le enseñaron una orden de presentación, que no pudieron revisar bien ni Oswaldo ni su novia. “Pensando que quien nada debe, nada teme, mi sobrino salió de la estación pero se dio cuenta que afuera había otro vehículo con más agentes. Oswaldo le pidió a su novia que fuera a su casa (vive a seis cuadras del metro) y le dijera a su mamá que lo llevaban a Tlaxcala.
 

Oswaldo comenzó a sentir miedo pues comenzaron los insultos y el maltrato físico, además de amenazarlo para que no se asomara en el vehículo. Mi cuñada le habló a Sergio, quien en ese momento se encontraba trabajando y le contó sobre la detención de su hijo Oswaldo. Pronto llegó a casa. Un rato después, Sergio y su otro hijo (Hugo), salieron a San Agustín (Agencia del Ministerio Público de San Agustín Ecatepec). Cuando llegaron preguntaron si sabían algo de Oswaldo, las autoridades en turno respondieron que era muy raro, pues no había una orden de colaboración, ya que se debe pedir un permiso para entrar y operar en el Estado de México, al ser ellos de otra entidad.
 

Sergio y Hugo entraron a los separos y Oswaldo no estaba ahí, entonces el comandante les sugirió ir a San Cristóbal Ecatepec (una subprocuraduría regional) para ver si estaban allá, y si no -le dijeron-, fueran a levantar una denuncia porque tal vez ya habían secuestrado a su hijo. En el camino hacia San Cristóbal, casi llegando a la vía Morelos, los interceptó una camioneta van. A punta de pistola los bajaron del carro, les pisaron la cabeza y los insultaron: “ya valieron” les dijeron.
 

Mercedes llegó a casa de su cuñada al poco tiempo de lo ocurrido, “y ahí comenzamos a llamarles por teléfono, poco después salimos a Tlaxcala para ver si estaban allá. Al poco rato, un amigo mío, la novia de Oswaldo y yo llegamos y nos comentaron que ahí se encontraba mi sobrino y que pronto llegarían otras personas. Ahí me enteré que a mi sobrino se le acusaba de secuestro, delincuencia organizada y daños a la salud. En ese momento hasta risa me dio porque era inverosímil. Poco después me enteré que mi hermano Sergio y su otro hijo Hugo también se encontraban allá en Tlaxcala”.
 

Fue hasta tres días después, en la UEDO, que Mercedes pudo ver a Oswaldo, quien le dijo que había sido golpeado, “que le pusieron Tehuacán en la nariz, que le dijeron que habían matado a su mamá y violado a su novia” relata la tía.
 

Mercedes dice que nadie de ellos conocía Tlaxcala antes de eso, “ahora entramos como si fuera nuestra casa, pero nosotros nos hemos preguntado ¿por qué a nosotros? ¿de dónde viene? No hay otra respuesta más que somos chivos expiatorios”.
 

Mercedes se dedica al comercio, “afortunadamente no tengo que checar o algo así, y cuando falto a trabajar por andar tocando puertas es un día sin venta y sin dinero. Perdí a mis padres, y lo más triste es que ni mi hermano, ni mi sobrino se pudieron despedir de ellos, y sobre todo por algo que no hicieron.
 

A media entrevista, Sergio se comunicó por teléfono con su hermana. Sólo hay oportunidad de hacer una pregunta:
 

-¿Qué es lo que te mantiene con fuerza a 11 años de lo sucedido?
 

-Me motiva mi esposa, mi hija, mi familia, además de que quiero ver a mi hijo fuera. Me motiva que tengo que luchar por ellos y por mí mismo.
 

Se corta la llamada y sigue la conversación con Mercedes: “a todos nos ha afectado de muchas maneras. Sé que son inocentes y lo único que queremos es justicia”.
 

En el caso de Sergio Rodríguez existen pruebas de que él se encontraba trabajando; en el caso de Oswaldo, hay pruebas de que estaba en la escuela cuando ocurrieron los secuestros. Él se ha ganado el derecho a una videollamada por su comportamiento, “hemos sido afortunados” dice Mercedes, “porque lo pudimos ver cuatro personas y por 40 minutos”. La familia también se comunica por cartas “y eso los motiva mucho”. La familia Rodríguez tiene un año de no poder abrazar a Oswaldo, “aunque nos sentimos afortunadas, porque en dos videollamadas lo hemos podido ver. Mi hermano está en el Diamante, en Santa Martha Acatitla, y lo puedo ver todos los martes”.
 

Epílogo
 

El caso se encuentra en revisión por los abogados de los inculpados, mismos que llevan mes y medio en el caso. Por ahora no quieren decir sus nombres para no entorpecer el proceso, sin embargo, mencionan que investigan todas las pruebas y el proceso llevado, para interponer un recurso de amparo, mismo que podría permitir a los inculpados, seguir el proceso en libertad. Si el recurso no les es otorgado, y se agotan las instancias nacionales, se plantean la posibilidad de llevar el caso a la Corte Interamericana para así, buscar una resolución favorable, fuera de su país.
 

Los abogados tienen poco tiempo en el caso. Lograron esta defensa debido a la lucha e insistencia de los familiares, quienes no cuentan ya con recursos suficientes para pagar un abogado después de 10 años, y por otro lado, la buena voluntad de quien hoy lleva el caso, mismo que al conocer la situación, decidió tomar la defensoría.
 

A pesar de que Ricardo, Oswaldo y Jorge se encuentran en el mismo penal, no pueden verse. Jorge se encuentra en el área de mediana peligrosidad, mientras que Oswaldo y Ricardo se encuentran en la de mínima peligrosidad. Oswaldo y Ricardo se comunican por un tubo y se preguntan cómo están, y muchas veces se mandan recados para saber cómo está Jorge.
 

Hugo, quien logró salir en libertad después de ocho meses por falta de pruebas, se fue -por miedo- para los Estados Unidos.
 

A los cinco implicados les dieron 77 años de condena. Hoy en día, a Sergio, Oswaldo y Ricardo les quitaron un secuestro y su pena redujo a 29 años, mientras que Jorge y José Luis continúan con la pena inicial.
 

En sus declaraciones nunca han aceptado que ellos cometieron el secuestro y en el expediente del caso no hay un documento firmado donde ellos, incluso bajo tortura, hayan aceptado que son los responsables. En el caso de Sergio, Mercedes recuerda que cuando llegaron al Reclusorio Sur, tuvieron que depositar 20 mil pesos “en un Elektra para que no los picaran” en el penal.
 

Todos estuvieron seis años en el Reclusorio Sur, y posteriormente, a los tres más jóvenes (Jorge, Ricardo y Oswaldo) se los llevaron a Perote. Hoy en día se encuentran en el penal de Guasave, Sinaloa.
 

En repetidas ocasiones, en documentos y expedientes oficiales, existen inconsistencias en los datos de Ricardo Almanza, a quien también se le nombra como Alejandro Hernández Mora.
 

Antonio Almanza, padre de Ricardo, afirma que al buscar quiénes eran las cabecillas de los secuestros, encontró el nombre de Eduardo Medel Quiroz, en aquel entonces, procurador de justicia de Tlaxcala. “Cuando él entró fue cuando comenzaron muchos secuestros. Se cuentan 19 personas que fueron inculpadas por Medel Quiroz”.
 

Almanza añade que a través de sus investigaciones supieron que quienes habían cometido esa ola de secuestros en la entidad habían sido las mismas autoridades.
 

Aunque ninguno había declarado, ni el Ministerio Público había investigado, el mismo día 13 de agosto, la Procuraduría local, que dirigía Eduardo Medel Quiroz, los presentó como culpables e incluso inventó los alias.
 

Eduardo Medel Quiroz hoy en día es representante de la Fiscalía Especializada para la Atención de Delitos Electorales (FEPADE). Fue precandidato para gobernador por el PRD en las elecciones llevadas a cabo en 2010 en la entidad tlaxcalteca, sin embargo, quedó fuera de la contienda pues fue elegida Minerva Hernández Ramos.
 

“Cárcel a quien no denuncie un secuestro, acuerdan procuradores”. Fue en junio de 2002 cuando procuradores de todo el país acordaron promover que se sancionara con penas de tres a diez años de cárcel a quienes no denunciaran un secuestro, así lo indicó en su momento el procurador de justicia de Tlaxcala, Eduardo Medel Quiroz, quien además era presidente de la Comisión de Estatutos de la Conferencia Nacional de Procuración de Justicia. La iniciativa no prosperó.
 

Las familias del “caso Tlaxcala” quieren “justicia y castigo para los que de verdad hicieron esto. Las autoridades mexicanas agarran a chivos expiatorios… unos la hacen, otros la pagan. Además de que no son capaces de buscar a los verdaderos delincuentes, ellos están inmiscuidos en el delito”. 

Sergio Castro Bibriesca / Colaborador

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