8 de mayo de 2012

'Diálogo con un periodista o la utopía necesaria'

Desde que en 1979 la Unesco aceptara el término educomunicación [1] para hacer referencia a la “educación en comunicación”, hemos observado que bajo este concepto se han designado distintas prácticas y formas de concebir la relación del educando con las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación, tales como: educar por la comunicación o educar para la comunicación. 

A pesar de los matices que introducen las preposiciones, de ambas se desprende la concepción del acto de educar como un acto comunicativo consistente en la transmisión de saberes (información) con el fin de guiar (educare) al educando en su acercamiento al mundo y de hacerle pensar (educere) sobre lo ya aprendido, potenciando de esta forma su autonomía para pensar y comunicar el pensamiento emergente.

Descrito así el acto de educar, no parece diferenciarse en demasía de la acción de informar, que comprende también la narración de hechos que configuran la trama de la facticidad mediante la cual creemos saber lo que sucede en el mundo. Por tanto, cabe decir que tanto el educador como el periodista ejercen como mediadores en nuestra adquisición del conocimiento; lo que significa que los relatos con los que creemos conocer lo que sucede en el mundo son visiones subjetivas que median nuestro conocimiento.

Hasta ahora había bastado con definir, por un lado, los objetivos que el ideal educativo debía cumplir y, por otro, la función social que debía desempeñar el periodismo para delimitar la subjetividad del educador y del periodista. Ahora bien, ¿qué sucede cuando empieza a observarse que los medios de comunicación han dejado de cumplir la función que se les presuponía como agentes de socialización y que desde el sistema educativo no se tiene claro qué objetivos son los que se deben cumplir para guiar al individuo frente a los nuevos retos? Por consiguiente, ¿qué cabe esperar? ¿Desinformación y conformación de seres a-críticos?

-¡No! ¡Que no! ¡Imposible!
-¿Por qué? ¿Lo has intentado?
-¡Cómo voy a llegar el último y cambiar la forma de…! ¡Que no! ¡Imposible!
-Pero no todos son “sin papeles” ni vienen a delinquir…
-Ya, pero nadie se lo va a cuestionar…
-Además, vas y subrayas en el subtítulo la “causa” de la reyerta, pero ¿si sólo tienes el comunicado de la subdelegación del gobierno?
-¿Y qué? Es el relato que los lectores esperan…
-… o al que les hemos acostumbrado...
-Bobadas… Y si además en él se mezclan sangre, violencia, conflicto, despliegue de las fuerzas de seguridad del Estado…
-La “amenaza externa” se hace visible, ¿no? Después de todo, es la consecuencia lógica que “todos” esperábamos que nos narrasen… Tanto hablarnos de “la llegada masiva de pateras a las costas españolas” o de “avalancha”…, que nuestro temor o miedo al “otro” no parece ser infundado… “¡Que nos invaden! ¡Corran!”, podría acabar pensando cualquier defensor del sentido común…
-Es lo que vende…
-Y desde tu punto de vista, ¿qué es lo vendible? ¿Entretener? ¿Divertir? ¿Producir emociones? ¿Desinformar?
-Fácil: es el margen de actuación que queda entre lo que reporta beneficios económicos a los medios y lo que demanda la audiencia.
-La demanda…, también determinada por la oferta (léase: principio de ganancia)
-Nos guste o no… éste es el periodismo del siglo XXI… Y es fácil trabajar en él: se trata de cortar y pegar… No más…
-Pero ¿has pensado alguna vez que probablemente los lectores no tengan otra forma de acercase a la realidad de los flujos migratorios que no sea a través de los relatos que construimos desde los medios?
-¿Y sus experiencias y vivencias?
-¿Y si éstas estuvieran también mediadas por los textos que hablan de “violencia racial” y de “guerra interétnica”?
-Estaríamos propiciando esa “exasperación de las identidades” de las que habla Martín Barbero…
-Es que todo aquel que es diferente a nosotros recibe el trato, en el mejor de los casos, de “extranjero”, cuando no se le culpa de conformar un “peligro” para la seguridad ciudadana… Y nuestros textos están contribuyendo a ello…
-Pero, ¿qué se puede hacer?

Ésta bien pudiera ser la recreación cómica de esa pérdida de fe que actualmente aflige a muchos, sobre todo a aquellos que han empezado a ver la otra cara de esa racionalidad instrumental que rige la -denominada por Herbert Marcuse- civilización tecnológica, donde el uso de los medios y las nuevas tecnologías no comprende la creación de un espacio público donde debatir los fines y valores que guían la acción ciudadana, sino nuevas formas –más sutiles- de someter y controlar a los hombres y su visión del mundo. Y es aquí donde el periodista y los medios desaprovechan su oportunidad para informar educando u ofreciendo una oportunidad de aprendizaje a los lectores: con sólo consultar diferentes fuentes informativas, contrastar la información con los testimonios de los protagonistas o poniendo en cuestionamiento el uso de términos políticamente correctos que acaban simplificando a la persona referida a un mero objeto, se puede ofrecer otra visión sobre lo que la sociedad parece estar esperando de los otros y de nosotros.

Por otro lado, como indica el psicólogo Lev Vygotsky, el desarrollo del hombre únicamente puede darse en términos de interacción social, es decir, que sólo puede aprender con, desde y entre los otros, apropiándose en su interacción con los otros de los lenguajes, valores, tecnologías, formas de relacionarse, etc., creadas externamente a él y por la sociedad. Por ello, el aula -espacio en el que se reproducen las relaciones y conflictos sociales- parece presentarse como un lugar idóneo para hacer que el alumno se cuestione cuánto influyen los discursos mediáticos en sus relaciones con los otros. Asimismo, esta dinámica también contribuiría a que el educando desarrollase cierta capacidad de discernimiento a la hora de elegir desde qué medios conocer lo que acontece y qué informaciones le pueden ser útiles para el reconocimiento y resolución de los problemas en su vida cotidiana.

Frente a ello, los educadores aún no han tomado conciencia de que el uso de las nuevas tecnologías en el aprendizaje diario del joven implica el paso de la educación bancaria a la concepción del educando como interlocutor: capaz de aprender, cuestionar lo ya aprendido y comunicar el nuevo aprendizaje de forma autónoma. Pero, ¿qué sucede cuando en la educación no se supera el uso de los medios como meros materiales didácticos y desde los medios no se nos ofrecen los elementos necesarios para hacernos cuestionar los fines del discurso oficial? He aquí la principal razón por la cual necesitamos dotarnos de nuevas utopías que nos ayuden a apropiarnos de las visiones de nosotros mismos construidas por otros.
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[1]  La UNESCO incluye como prácticas educomunicativas “todas las formas de estudiar, aprender y enseñar, a todos los niveles y en toda circunstancia, la historia, la creación, la utilización y la evaluación de los medios de comunicación como artes prácticas y técnicas, así como el lugar que ocupan los medios de comunicación en la sociedad, su repercusión social, las consecuencias de la comunicación mediatizada, la participación, la modificación que producen en el modo de percibir, el papel del trabajo creador y el acceso a los medios de comunicación”.


08/05/2012 · María Eugenia Gutiérrez · Revista NOTON
PROFESORA DE PERIODISMO SOCIAL Y EDUCATIVO EN LA FACULTAD DE COMUNICACIÓN DE LA UNIVERSIDAD DE SEVILLA


* Texto publicado en el sexto número de la Revista NOTON

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