19 de enero de 2012

La educación de la infancia. Escenario último de la guerra cultural


Hace ya algún tiempo que Susan George advertía, en su libro El pensamiento secuestrado, que los planteamientos neoconservadores estadounidenses habían logrado imponer su hegemonía, en el contexto de la guerra cultural que se ha librado en Occidente en las últimas décadas.

Recientemente, como nos advirtió el compañero Aitor, se publicaba una noticia, donde se recogían las protestas de un periodista económico de la Fox, sobre la última película de los Teleñecos. El asunto que motivaba la indignación del presentador, de la ultraderechista cadena estadounidense, no era otro que el de la elección, como villano de esta historia, de un magnate del petróleo. Tal circunstancia evidenciaba, según este comentarista, el poder de la izquierda anticapitalista en el sector de los guionistas de Hollywood.

A pesar del triunfo de las posiciones ultraliberales en la guerra cultural, los voceros de esta postura parecen siempre dispuestos a señalar las fisuras, no deseadas, todavía existentes en la dominación capitalista que, actualmente, rige el mundo. Tal labor tiene como fin acabar con cualquier forma de resistencia, aunque sea meramente simbólica, ante la lógica paneconómica que nos gobierna, en una cruzada que termine, de una vez por todas, con cualquier impedimento para el desarrollo de un modelo de sociedad global que minimice, o elimine, cualquier versión de la realidad que no coincida con los intereses de capital transnacional. Como si no estuvieran ya bien asentados los principios regulatorios del capitalismo ―en lo referido a la construcción social, política y subjetiva― los garantes del imperio se han empeñado en imponer un nuevo catecismo que contribuya a la aceptación sin reservas, por parte de la población, del binomio, por otra parte muy arraigado en gran parte del mundo, dinero-bien. Dicho de otro modo, parece que ―incluso después de las pruebas fehacientes que relacionan el modo de vida capitalista, tal como se entiende en las últimas décadas, con una codicia patológica, que de forma ineludible nos arroja a un escenario de catástrofe social e individual― hay que aceptar, de forma acrítica, que el que acumula riqueza es fuente de bien social, debido, entre otras cosas, a la más que discutible afirmación de que son a esa estirpe de personajes a los que les debemos la generación de empleo.

Hace ya tiempo que Negri nos advirtió, en Marx más allá de Marx, del fenómeno de la subsunción real de la sociedad en el capital, que acaba derivando en la producción de esa misma sociedad como modo de autoreproducción del sistema capitalista que, como metástasis, ha terminado por contaminar-regular toda experiencia vital posible. Para que este proceso se culmine completamente es necesario que su ideología, naturalizada eso sí, se imponga en forma de régimen moral. Para conseguir tal fin resulta necesaria la conquista-colonización total, o mejor totalitaria, de las mentalidades mediante la hegemonía del catecismo, al que antes se aludía. Por tanto, no es de extrañar que en los últimos tiempos hayamos asistido a una ofensiva para el acceso al dominio de la educación, especialmente la infantil [incluyendo las producciones audiovisuales], como garantía de reproducción del sistema en las nuevas generaciones.

Esta situación, en el ámbito del Estado español, se ha podido observar, últimamente, en diversas declaraciones que el jefe de la patronal, CEOE, Joan Rosell acerca de los contenidos que, en relación con la figura del empresario, deberían constituir materia obligada de enseñanza desde las guarderías a la universidad, explicando lo "bueno que es ser empresario y hacer empresa". Señalaba, siguiendo la mencionada agenda de los ultraderechistas estadounidense, que esto era necesario debido a la presunción de que existen demasiados izquierdistas emboscados en el sistema educativo, ya que hay muchos libros textos donde se da una imagen del empresario como "sinónimo de codicia". Lo cierto es que no sería demasiado difícil encontrar ejemplos de situaciones que pudieran confirmar esa condición, que Rosell tacha de inadmisible. En cualquier caso, no parece que la CEOE, precisamente, sea una organización que destaque por defender los derechos de los pequeños empresarios y autónomos, que generalmente no han sido objeto de ese tipo de calificativo. Más bien se encarga de promocionar los intereses del gran capital, de corte cada vez más especulativo y menos productivo, que, como en el caso de los Teleñecos, son el blanco de crítica que, finalmente, no deja de ser bastante inocua.

Siguiendo con las declaraciones del representante de la patronal, según éste: "Hay que acabar con esos textos incendiarios" que tienen un efecto funesto en el futuro de las niñas y niños, preguntándose, a este respecto "cómo van a crear empresas cuando sean mayores si desde pequeños se les dice que es sinónimo de codicia". Siguiendo esa lógica en el contexto español no tendría que haber ningún empresario entre los que en edad infantil hubieran visto-oído los galimatías, aparentemente anticapitalistas, de La bola de Cristal ["¡Viva el mal, viva el capital!] . De cualquier modo, para Rosell la solución es tan sencilla como tradicional: la censura de aquellos puntos de vista que atentan contra los intereses de la clase [económica] dominante. Estos mecanismos, como se decía, no son nuevos, en la imposición de un sistema de creencias siempre aparecen los modos totalitarios.


En este sentido, también son de este linaje los argumentos que el mencionado personaje utilizó para justificar la reducción de los gastos de la educación pública para, como es previsible, reducir su función a lo meramente asistencial, cuestión aplicable, en la lógica que defiende, a la sanidad pública. Las afirmaciones que, en este sentido, realizara Rosell ―en el contexto de la presentación de un informe del Think Tank de la CEOE, el Instituto de Estudios Económicos― se orientaron a difundir la idea, además de cuestionar la presencia de la mujer en la docencia, de que el peso de la herencia genética es superior a los factores ambientales en lo que al rendimiento escolar se refiere. Esto es: el que es tonto es tonto y eso no hay inversión pública en educación que lo remedie. También podría colegirse que los pobres y, en consecuencia la gran mayoría de sus descendientes, tienen una menor capacidad intelectiva que los que tienen dinero. Es cierto que la comunidad científica salió al paso de los contenidos de este informe calificándolos de libelo acientífico, pero el mal está hecho. Existe, detrás de las declaraciones antes referidas, una clara intención de influir en una próxima reforma educativa, que seguro se produce con el reciente cambio de gobierno. Acudir, sin embargo, a argumentos eugenésicos, de tan bajo perfil, nos recuerda a un pasado, no tan lejano, cuando por estas mismas razones se acabaron por exterminar a los individuos declarados como prescindibles.

1 comentario:

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