14 de junio de 2012

La risa como arma de diversión masiva

Jaime Qunitana · Desinformémonos | Nacieron en las comunidades zapatistas de Chiapas y de ahí llevaron la risa a Palestina y a los campamentos de refugiados saharauis. Son los Payasos en Rebeldía. 


México, DF. “Para nosotros, Chiapas es todo. Empezamos a contar con el mundo indígena y nos levantamos de un letargo, nos quitamos el abrigo de las tradiciones de la izquierda europea, acabada, acartonada, y entramos en contacto con una revolución, que es la primera del siglo XXI, la primera vez que los pueblos indígenas entran a la historia pisando fuerte”, señala Iván Prado, clown del colectivo Payasos en Rebeldía, en entrevista con Desinformémonos.

Payasos en Rebeldía, organización nacida en Galicia, reivindica la risa, la lucha y el circo como punto de equilibrio de la conciencia social. Prado comenta la historia de la organización: “fue en diciembre de 1995, en la inauguración de los Aguascalientes en Chiapas, en territorio zapatista, donde abrazamos al payaso como arma de diversión masiva”.

Fue la primera vez, explica, que un relato tomó presencia en los espacios de poder, mediáticos y sociales, en todo el mundo. Con los zapatistas “descubrimos que la comandancia se reía como cualquier otro, que lo niños se subían y jugaban mientras el comandante Tacho hablaba, que cantaban mientras el ejército pasaba”.

“Nosotros”, añade, “descubrimos que los indígenas tienen esa fuerte conexión con la vida mediante la risa y que eso se ve en una guerrilla como la zapatista, con un movimiento que estaba cambiando la geografía política de México y que inspira a medio planeta”.
Payasos en Rebeldía ha realizado caravanas para difundir su trabajo en distintas partes de mundo, como Palestina y el desierto del Sahara, y escribe de cada viaje una crónica.

Llegaron a Palestina, relata Iván, en el año 2003, y descubrieron un lugar “donde la humanidad se juega su futuro, donde se permitía el genocidio sistemático, la ocupación militar, la represión; descubrimos un pueblo que vive una barbarie constante, pero que también es capaz de mantener la risa, la esperanza, la mirada limpia, las ganas de abrazarte, de recibirte, de darte los mejores manjares y agradecerte que estas piel con piel bajo las bombas y la represión”.

El colectivo cuenta con imágenes de Palestina: madres llorando porque acaban de ver reír a sus hijos después de meses; niños que han vivido la represión del ejercito israelí después de una intifada y que cuentan cómo recogían los cadáveres de sus amigos asesinados por soldados desde un helicóptero; también, niños aplaudiendo y haciendo canciones cuando un mortero israelí estaba cayendo a apenas unos metros de donde actuaban.

En Palestina tuvieron la oportunidad de renacer como artistas, de renacer como personas y vislumbrar el poder nuclear del ser humano, esa energía volcánica -como decía Galeano- “brillando como un fueguito”.

En el 2009, en Tel-Aviv, los encarcelaron y expulsaron. El estado más armado militarmente, y desquiciado políticamente, le tuvo miedo a los payasos.

Para , un payaso “tiene la capacidad de ver bajo los lentes de la risa al emperador desnudo, hace que la comunidad vea la debilidad del sistema, por muy grandilocuente, por muy asfixiante y asesino que sea”.

El payaso, añade, retoma “la tradición del circo para convertirlo en una metáfora que se camina, de la libertad, de la creatividad, del poder que tiene el circo para hacer posible lo imposible y lo posible, bello. Es en esa trashumancia, en ese lugar donde se encuentran culturas bajo una misma carpa, un mismo cielo, que construyen relatos nuevos en cada pueblo donde se actúa”.

Con una técnica utópica, militante y activa, explica, “el circo tiene el poder de unir la imaginación y la técnica con disciplina y la magia. La poesía y la carga revolucionaria del circo (es) saltarse las leyes de la iglesia católica, de las dictaduras, de las guerras mundiales, y hacer que lo imposible se vea realizado”.

Es un lugar donde se recrean relatos, como el zapatismo en Chiapas, las comunidades wixárikas, los campamentos de refugiados sarahuis, el pueblo palestino, “lugares donde se enfrentan la realidad impuesta, los muros, las metralletas y sus bombas, con la esperanza y la ilusión, con una lucha constante por vivir, por mantener viva la membrana de la realidad”.
Ese es el discurso del payaso, “hoy salió mal, pero mañana saldrá bien; es el discurso de la humanidad el que abre su cuerpo, expone su corazón, expone sus vísceras catárticamente para que desde la estupidez, el publico se ría”, continúa Prado.

Cómo se construye la alegría
Iván explica que el payaso y el bufón llegan a la corte, a la feria, al lugar; la comedia y el arte llegan al pueblo y ponen sus cuatro tablas, convocan a la gente y ésta se reúne. Históricamente, dice, la sociedad necesita procesos de catarsis para darle vuelta a todo.
Los wixáritari son excepcionales: ellos tienen la figura del payaso sagrado, que cuando vuelve de la caza del Jíkuri a sus comunidades, le cuenta a la comunidad cómo ha ido todo y ridiculiza al Marakame; la comunidad ríe de sus autoridades, a las que respetan profundamente, y encuentra su equilibrio.

Del 2004 al 2006 trabajaron en la zona norte de Chiapas, dieron formación a promotores de educación zapatista e incluso fueron a caravanas y compartieron escenario. En su estancia actual en México, actuaron en el Tribunal Permanente de los Pueblos: “después de escuchar a las mujeres tzeltales de Chiapas violadas; el relato de Juan, sobreviviente de Acteal; después de escuchar los relatos de Mariana y los demás testimonios de Atenco; después de ver una obra de teatro basada en la muerte, el payaso sale a la escena, convoca al público que lleva diez horas siguiendo una sesión plenaria donde se cuentan las atrocidades del gobierno mexicano, y éste se ríe. Esa risa no banaliza nada, esa risa no resta honorabilidad y respeto al que está allí, al contrario, lo hace brillar. La risa tiene ese poder”.

14/06/2012 · Jaime Quintana · Desinformémonos

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