21 de mayo de 2012

¿Por qué los medios no necesitan periodistas?

La primera, en la frente: porque hace tiempo que renunciaron a la información. Salvo honrosas excepciones, que no digo que no las haya. Los periodistas somos prescindibles porque los tradicionales empresarios de la comunicación se fueron para no volver y los que ahora ostentan la propiedad son inversores que mañana se irán a donde más beneficios obtengan. Es la consecuencia de la conversión del sistema de producción industrial (en el que se vendían unas manufacturas llamadas periódicos, radios o televisiones) a un modelo financiero que engorda con el simple movimiento especulativo. Son capitales sin rostro ni arraigo alguno en el territorio.
La gran diferencia entre un modelo y otro es que el primero precisaba ofrecer un producto elaborado de calidad (su negocio era la prensa y la empresa solía pasar de padres a hijos) y al segundo -dinero de paso efímero- le basta con el envoltorio, con la mera apariencia: una selección de titulares seguidos de refritos de agencias o comunicados servidos por gabinetes de prensa, un puñado de fotografías y, eso sí, montones de opinadores a modo de gladiadores de circo romano, cuanto menos documentados mejor, dispuestos a dar estopa al adversario político. Espectáculo y de vez en cuando una cubertería o un coleccionable.
Para poner en la calle lo que hoy ofrece la mayoría de los medios de comunicación no se necesitan periodistas. Y si sus propietarios vieran lo serios que nos ponemos los periodistas cuando discutimos sobre la licenciatura universitaria como requisito para ejercer esta profesión se desternillarían de risa. Para ellos, sos periodistas somos mera coartada para envasar otros negocios, sea éste una multinacional de los seguros, una refinería de petróleo, un club deportivo o una macro urbanización a orillas del mar. Y poder económico-político, ideología incluso, aunque éstas son viejas compañeras del oficio.
La precariedad y el desempleo galopante que sufrimos son consecuencia directa del derrumbe de la economía, pero la crisis del periodismo empezó mucho antes del estallido de la burbuja inmobiliaria. Empezó con la devaluación de nuestra función social como depositarios del derecho a la información, cuando pusimos nuestra pluma al servicio de intereses especulativos y desde el momento en que nos dejamos arrebatar la agenda informativa. En definitiva, cuando aceptamos traicionar a nuestro público dejando de lado toda consideración ética. Ya no importa buscar la verdad, sino rellenar espacios en blanco entre anuncio y anuncio.
Después de eso, ¿cómo mostrarnos sorprendidos de la desafección del público, del descrédito? Vendemos sucedáneos de periodismo y si no nos lo compran les echamos la culpa a la falta de cultura lectora, a la competencia de Internet, a las redes sociales. Todo, menos reconocer que hemos hecho muy mal nuestro trabajo. Que hemos defraudado la confianza que tenían depositadas en nosotros. Y la consecuencia inevitable de todo eso es que somos prescindibles. Después vienen el paro, la precariedad, las condiciones laborales indignas…
Por eso estoy convencido de que cualquier intento serio de salir del hoyo pasa necesariamente por la recuperación del periodismo con mayúsculas. Podemos hacer todos los estudios de viabilidad económica que queramos y el mejor plan de empresa posible. Incluso encontrar inversores y anunciantes: serán proyectos de corto aliento si no llevan aparejada la recuperación de la confianza del público. Pan para hoy, hambre para mañana.
La salvación del periodismo está únicamente en la vuelta a los orígenes. Claro que con las herramientas que la tecnología actual pone en nuestras manos, faltaría más. ¡Pero al periodismo, al periodismo!
21/05/2012 · José Bejarano

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