9 de febrero de 2012

Cq4

Estas confesiones fueron realizadas desde el interior del sistema de un reloj que flotaba por el magma cósmico:


Ella, se acariciaba las manos como para no perder calor mientras me lo contaba. Su voz iba y venía, lógico, el sistema giratorio que movía las manecillas, solo nos hacía encontrarnos una vez por año luz.


A cada encuentro su rostro reflejaba la influencia de los movimientos del universo y de las lluvias estelares. El día que me lo contó se había maquillado los ojos en tonos "agujero negro".


- Siento como si el tiempo me hubiera atrapado en su mecanísmo, me comentó Ella, ahora mis actos no encuentran el modo para que mi alma se exprese através de mis palabras, ni de mi mirada, tengo además una pesadilla reiterativa: un hombre poderoso y viejo me persigue con su sexo duro, no hago nada para evitarlo y amanezco con un grito por dentro.


Siguió:


-Durante la vigilia y las noches que esta pesadilla no me atormenta, traduzco lo que logro oir de mi interior y lo comparto con cosmonautas compañerxs de viaje, con los que he sintonizado frecuencia, hay uno que es hermoso y me gusta hacerle el amor, pero las ondas que por aqui circulan hacen que la conexión sea un hecho insólito.


Hace tiempo mordí hasta matar a alguien que se entregó a mi como en un sacrificio y siento que se me fue lo que me quedaba de compasión por este universo...


(Dudé por un instante si había venido a matarme a mi también, me calmé cuando vi en su alma que su naturaleza era salvaje pero justa. No tenía motivos para querer hacerlo.)


- No querría recuperar el tiempo perdido en todas estas cosas, volvió a dirigirse a mi, solo me gustaría que el tiempo cambiase su compás, con este ya no puedo, "¿podrías ayudarme tú relojero?", me preguntó clavandome su mirada azul.


Justo en ese momento el reloj se deshizo en mil pedazos. Ella en un salto logró salir fuera de la esfera, la vi sonrreir por primera vez. Había comprendido que el tiempo nunca había existido, solo que ella vivía en un lugar que cambiaba cuando ella quería que así fuese. Estaba preparada para saltar.


Ahora la encuentro navegando en estructuras triangulares, cónicas y subatómicas, no se liga más a las formas que marcan el tiempo; va vestida de amaneceres y de azul noche, es capaz de gritarle a sus pesadillas, de sintonizar frecuencias más allá de las tormentas y también de curarse las heridas.


Yo, el relojero, lucho por que el tiempo no se me venga encima cada vez que la echo de menos.


Beatriz Gómez Portillo

No hay comentarios:

Publicar un comentario